Un puntazo en Villa Urquiza

Crónicas

Un puntazo en Villa Urquiza

Invitado por el Matacobani, el fotógrafo de guerra Pablo Toranzo cruza la reja hacia la intimidad del pabellón y alguien muere asesinado.

Dentro del penal de Villa Urquiza, Pablo Toranzo corre perseguido por tres guardiacárceles que quieren romperle su cámara fotográfica y quizás algún hueso. Mientras le gritan desde atrás, mete la mano en el bolsillo, saca la llave y abre la puerta de Clasificación, una oficina de muebles grises y mesas cubiertas por pilas de papeles. Rápido, entra agitado. Empuja un escritorio hasta bloquear la entrada. Y cuando termina de trabarla, escucha cómo los agentes penitenciarios patean la puerta. Toma su teléfono celular y llama.

-Silvana, me van a hacer cagar ¡Vení, sacame!

-¡¿Quién?! ¡¿Quién?!

-Díaz, Pereyra… ¡vení sacame!

Media hora después, Silvana grita desde el otro lado de la puerta: “¡Soy yo, Pablo, salí!”. Toranzo entonces mueve unos centímetros el armario y por la rendija ve los ojos de su amiga. Sabe que puede salir.

Pablo Lidoro Toranzo (38 años, geógrafo, fotógrafo, glaciólogo) y María Silvana Martínez (psicóloga, directora del Instituto de Clasificación y Criminología del Servicio Penitenciario, entonces; subdirectora de la Unidad 5 de Jóvenes Adultos, hoy) se habían conocido unos meses atrás, cuando Pablo había sido invitado al colegio Almafuerte, de la capital tucumana, a disertar sobre la paz en el mundo. “Yo de paz no puedo hablar”; dijo y entonces ilustró la presentación con las imágenes que había tomado en los conflictos bélicos en los que estuvo presente: niños que jugaban dentro de un auto que había explotado, una mujer que caminaba con la bolsa del almacén entre las ruinas de una ciudad bombardeada, una pelota de trapo abandonada entre los tanques.

A Silvana le gustó el enfoque de la charla de Pablo y Pablo se enteró de que Silvana trabajaba en el penal. Le propuso, entonces, revisar un proyecto que ya le habían rechazado para realizar un reportaje fotográfico extenso en Villa Urquiza. Silvana lo leyó, lo ajustó y movió los papeles necesarios para que la burocracia no fuera un impedimento. Lo logró, y en octubre de 2014 Pablo cruzó por primera vez la puerta del penal con una autorización firmada por el ex ministro de Seguridad Ciudadana, Jorge Gassenbauer, el secretario Paul Hofer y por el ex director general del Servicio Penitenciario de Tucumán, Roberto Guyot.

El proyecto llevaba por nombre “Atravesando muros y rejas” y tenía el objetivo de “desarrollar un documento fotográfico que permita analizar las relaciones y los vínculos existentes entre los actores involucrados en el contexto de encierro”. Pablo quería fotografiar la vida de los presos en la cárcel, y como la vida misma es tiempo, en la planificación no precisó la fecha de conclusión. Se pasó así 8 meses dentro del penal.

Cuando apareció con su cámara, los primeros que le pusieron mala cara fueron los guardias. No querían que nadie de afuera mirara su trabajo. Pero como el reportaje estaba aprobado desde arriba, no podían hacer mucho. Entonces lo corrieron por el lado del peligro: “Mirá que acá hay puntas. Te tenés que cuidar. No podemos estar en todos lados”. A los presos tampoco les gustó la idea: alguien encontró un parecido entre Pablo y un cabo a quien llamaré Marcelo Díaz. Se corrió el rumor de que el muchacho que andaba con la cámara de fotos era el primo del agente que les pegaba manguerazos.

Ojos, piel y cabello claros, Toranzo tiene herencia materna alemana. Robusto, pero no tanto como Díaz, el fotógrafo de guerra mide 1,80 y pesa unos 100 kilos. Hoy dice que se ve gordito, bromea, pero no lo es. Quizás ahora no está en su mejor forma, pero tiene la percha bien puesta. Lejos de ser un anabolizado de gimnasio, entrenó sus músculos desde los 4 años cuando empezó con karate, a lo que un tiempo después le sumó natación a nivel competitivo y su pasión por escalar; y desde los 23, cuando dejó Tucumán, en su mochila cargó su credencial de aikido, arte marcial que practicó durante siete años en el lugar del mundo que le tocaba estar. Sin conocer su historia, nadie podría sospechar que debajo de su vestimenta clásica de jeans, suéter de bremer escote en ve y camisa a cuadros, se encontraban las marcas de cuatro machetazos, recuerdo de otra vez que la muerte le respiró en la nuca, en Indonesia, cuando fue sorprendido por los vigilantes de campos de cacao mientras fotografiaba la explotación de niños en los cultivos.

Nadie podría imaginar tampoco que sus ojos verdes aguados son los testigos directos de la tragedia de alpinismo más triste que lloró Tucumán: en 1995, Pablo, a los 17 años, fue el único de los chicos del colegio Montserrat que volvió con vida de aquella subida al cerro Sollunko, en Perú, cuando una avalancha en la montaña mató a sus ocho compañeros de escalada, incluidos la primera chica que le gustó, su amigo de la infancia y el maestro que le transmitió la pasión por el andinismo. En la base de la montaña, su hermano, Eneas, y dos compañeros más lo vieron llegar solo, el día más difícil de su vida, aquel 22 de enero.

Poco tiempo después, Pablo empezó la licenciatura en Geografía, en la Universidad Nacional de Tucumán, y a los 23 años se fue a Sao Paulo, Brasil, desde donde, arriba de los barcos de Greenpeace en un comienzo y luego con proyectos personales o encargos para agencias de noticias como Associated Press, empezó un camino peligroso, siempre cerca de la muerte, quizás con la intención de reclamarle algo.

Su debut en la prensa mundial no lo tuvo como fotógrafo, sino como fotografiado. Los diarios mostraron a Pablo en la costa mexicana subido al ancla de un navío norteamericano que pretendía descargar maíz transgénico; con el activista trepado ahí el navío no pudo anclar y tuvo que retirarse. Luego sus noticias llegaron desde Bagdad: fue uno de los escudos humanos que protegieron las terrazas de los hospitales y de los edificios públicos, resistiendo hasta horas antes del bombardeo en 2003. Con la guerra en las entrañas, se hizo fotógrafo dentro de la línea de fuego para juntar dinero y poder salir de Irak. Luego se fue a Brasil con las comunidades explotadas. Después a La Sorbona, en París, a perfeccionarse en documentalismo, mientras, de tanto en tanto, viajaba por esos rincones del planeta donde el infierno ha ascendido: vio niños muertos, sentados en sus pupitres, asesinados con gases en escuelas de Siria. “Yo había ido a cubrir una guerra civil y me encontré con un genocidio”, dirá Pablo después, ya con ojo de experto. Pasó así su juventud y por 2013, luego de los machetazos en Indonesia, decidió volver a Tucumán.

En el penal nada sabían de sus antecedentes y, parecido o no al cabo Díaz, los presos no le daban mucho espacio y la guardia lo quería lo más lejos posible. Las fotos de Pablo sucedían, entonces, en situaciones y lugares que no alcanzaban la profundidad del relato que había ido a buscar, como por ejemplo en la imprenta del penal, donde los internos preparan los papeles, sobres e invitaciones que se usan en las comisarías, hospitales y otras dependencias públicas. Hasta que un día, después de las visitas, todo cambió.

Encontraron a uno de los presos con una daguita corta, una punta metálica que se obtiene del esqueleto interno del haragán. De un grito llamaron a Díaz, y Pablo, que andaba cerca, le preguntó si podía ir. En el apuro, el cabo le dijo que sí.

Un guardiacárcel cachetea a un preso arrodillado. Una y otra vez, de izquierda a derecha, le da en la cara con la misma punta que había intentado colar. Pablo mira quieto, con las manos en los costados, desde unos metros atrás. Un agente grita: ¡Está sacando fotos! y todos voltean la mirada hacia él. La reacción inmediata de Pablo es correr. Correr, como cuando en Faluya, Irak, fotografiaba con su consentimiento, los soldados que fumaban crack en un campo de tiro hasta que uno de ellos se enojó y le puso la pistola en la cabeza. Entonces le sacó la foto y corrió.

Correr, aquí también en Tucumán, perseguido por los agentes penitenciarios en su propia cárcel, deseosos de romperle la cámara, al imaginarse en la tapa de los diarios al día siguiente. Correr hasta Clasificación y bloquear la puerta con un escritorio hasta que llegue Silvana.

-Mové la mesa que no puedo pasar, Pablo- le dice la psicóloga del penal. Pablo la corre un poquito, la ve por la rendija, le hace caso y luego salen juntos de la cárcel. -Vas a tener que esperar un poco para volver.

El fotógrafo lo piensa unos minutos, pero al día siguiente está de vuelta por Villa Urquiza.

Luego de entrar, Pablo escucha un grito que viene de la alcaldía: “¡Que el culiao ese no venga más!”. Luego ve salir a Díaz, quien lo encara: “Mire, los ánimos están muy caldeados por acá. No venga por un tiempo”.

-¿Esto es por lo del otro día? Esa foto no existe, no hay foto. Yo no vengo acá para hacer la foto del día y venderla al diario. Voy a seguir con este laburo. Y vos andate a la mierda- le dice al guardiacárcel y empieza a caminar hacia la imprenta.

Díaz le sigue el paso de atrás y de un grito lo detiene: -¡Vos a mí no me vas a tratar así!
Toranzo se da vuelta y le contesta: -¡Vos a mí no me vas a tratar como tratás a los presos!

Forcejean dos segundos y Pablo lo toma del brazo. Se lo dobla fácil, con una toma de aikido, y el agente, sometido en el piso, le dice que lo suelte, que le va a romper el brazo. Llegan otros guardias. Toranzo, mirándolos a los ojos, les advierte: -Si me intentan sacar, se le va hacer aca el brazo.

Dos presos miran desde la enfermería lo que está pasando, y a Díaz le duele el brazo. Se rinde: -Ya está, ya está- le dice.

-Mirá, Marcelo, acá podemos hacer dos cosas – le advierte Toranzo convencido de sus palabras-: una; presento una denuncia y pido los videos que demuestran que vos me atacaste, o dos; me dejás seguir laburando.

Unos días después, mientras Pablo termina las fotos en la imprenta, se le acerca Alain Ferreyra, condenado a 14 años de prisión por el asesinato de Mario Rodríguez, un cabo de la Policía de Tucumán. Esta muerte le valió el apodo de El Matacobani. Paradójico o no, Alain es hijo del ex comisario Mario Oscar Ferreyra, El Malevo, símbolo de la mano dura policial en la provincia, condenado por el triple asesinato de unos supuestos ladrones y protegido de Antonio Domingo Bussi, ex gobernador de facto, gobernador democrático de Tucumán y condenado a prisión perpetua por delitos de lesa humanidad. Prófugo de la Justicia, El Malevo se suicidó frente a las cámaras de Crónica TV, el 21 de noviembre de 2008. El país vio en vivo cuando se daba un tiro en la sien, y la sangre corría bajo su sombrero Panamá, sobre sus patillas canosas, hasta mancharle la camisa negra. Alain lo abrazó llorando a los gritos.

Criado con la disciplina de El Malevo, entre armas, asesinatos, escapes, enfrentamientos con la Policía, tiros, torturas y granadas, Alain prefirió el bando sin uniforme, en esa división que en escalas determinadas se vuelve confusa y aparecen los arreglos, las zonas liberadas, las leyes propias. Una zona gris donde algunos policías y delincuentes entran, transan y se van, pero de la que vuelven a sus casas con el mismo traje con el que salieron. Una zona gris donde Alain Ferreyra se hizo fuerte en ambos lados; hijo del policía histórico, asesino de policías.

Desde ahí el 3 de diciembre de 2011, con Alfredo Ibarra, intentó asaltar un camión que distribuía bebidas en la calle Lavaisse al 2.600, pero el hecho terminó a los tiros; el cabo Rodríguez muerto en el piso y Ferreyra e Ibarra, presos.

El Matacobani tiene hoy 28 años y lleva tatuado en el hombro el rostro de su padre. Por la violencia con que se maneja, se ha convertido en uno de los “soldados” en el penal. Él manda y a su alrededor los demás obedecen. Y quiere saber si el último rumor que circula entre las rejas es cierto. Por eso se acerca a Pablo.

-Vos andás sacando fotos acá en el penal, ¿no?

-Sí, sí- responde Pablo.

-¿Qué es cierto eso que se dice?, le pregunta El Matacobani.

-No sé ¿qué? Se dicen muchas cosas en el pen…

-No te hagás el gil- lo interrumpe el preso y con la quijada señala a Díaz, que estaba sentado a unos metros.

Pablo Toranzo sabe bien quién le está preguntado, pero no sabe el efecto que puede causar su respuesta. Quizás es una venganza del policía. Quizás es una cama.

-Sí, sí, es verdad- responde Pablo.

El Matacobani mira a Díaz, que se hace el distraído:

-¡Jefe!- le grita. Díaz se incorpora de inmediato. El Matacobani completa: -Hoy él viene con nosotros.

Luego empuja la reja, la deja abierta, se da vuelta y mira a Toranzo, invitándolo a pasar.

“En ese momento sentí miedo en serio. Pensé que si entraba en el pabellón sin guardias me podían matar, pero también que de ese lado de la reja el trabajo documental podría explotar, volverse lo que había ido a buscar”.

*****

Acostar: perjudicar.

Berretín: internos viejos les dicen así a los pibes que entran y salen.

Pikotear: golpear a una persona en banda.

Poronga: persona que se la banca.

(Del glosario tumbero incluido en el libro Tras la cuarta reja)

*****

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-¿Usted es primo de Díaz?

-No- responde Toranzo dentro del pabellón, rodeado de presos que lo miran desde los pies hasta la cabeza.

Un hombre con su cámara de fotos se ha metido en su territorio, en su intimidad, en su ranchada. Y la única porción de confianza que le asignan se debe a que ha golpeado a un guardiacárcel. Esa cuota de respeto ganada le permite estar ahí. Pero quizás no alcanza ¿Por qué deberían mostrarle sus vidas dentro del penal?

El mate circula en ronda. Pablo retoma la palabra: -No vengo a señalar a nadie. Este laburo es mío. Tengo autorización del Ministerio de Seguridad, es cierto. Me dieron la piecita a la que se entra por Clasificación para que me pueda cambiar y dejar mis cosas, pero este material no queda acá.

Le pasan el mate: -¿No tiene pastillas, nada?- se anima a bromear Pablo y les habla, entonces, de su proyecto “Atravesando muros y rejas”, de los registros fotográficos que quiere capturar y de lo mucho que le interesa la vida en el penal.

Entonces, El Matacobani programa un día y un horario para que Toranzo empiece su trabajo y le asigna los custodios para que lo acompañen.

“Ya estaba todo arreglado de antes, ya sabían quién era yo”, dirá Pablo después.

Doce años atrás y a cinco kilómetros del penal, el 17 de agosto de 2003 y en la terminal de colectivos, Ángel Adrián Mansilla, un joven de 26 años, buscaba zapatillas para su sobrino cuando un grupo de hombres lo acorraló, lo secuestró y luego lo asesinó. Lo acusaban de haber robado $15.000 de la tienda Todo por 2 pesos, donde era empleado. El negocio pertenecía al líder de la banda, Miguel Ángel “Piki” Orellana, hermano de los mellizos José y Enrique, quienes entonces eran intendente de Famaillá y legislador provincial, respectivamente. Por ese asesinato, Piki Orellana cumple la condena de reclusión perpetua en Villa Urquiza. Con él cayeron Marcelo “El Mudo” Romano, Omar “Anaconda” Carrizo, Marcelo “El Negro” García, Ángel “Beto” Ibarra y Omar “El Cordobés” Ceballos, a quienes años después El Matacobani designó, en un principio, para que custodiaran a Toranzo mientras realizaba sus fotografías.

Lo primero que le mostraron fue el gimnasio. En la imagen que tomó Pablo se ve una celda pequeña, con una puerta de hierro durísima, fotos familiares pegadas en la pared, un parlante, ropa acomodada en un estante -al parecer, de una estructura de cartón-, un balde y un trapo de piso. Tres internos se ejercitan: uno descansa mirando al suelo, viste una musculosa negra y un pantalón largo. Otro usa una mancuerna en cada mano y un tercero levanta la barra desde el pecho. Una postal de un gimnasio pequeño. Pero lo llamativo son las pesas: no son de hierro, son de cemento.

“Las pesas en el penal están prohibidas porque durante las peleas o los motines pueden ser usadas como proyectiles. Sin embargo, en Villa Urquiza, hay por lo menos dos celdas que pueden tenerlas debido a la conducta ejemplar de los reclusos que las habitan. Son de cemento, realizadas por los internos que trabajan en la construcción”, escribe Toranzo en Tras la cuarta reja, el libro que compila su investigación en la cárcel, que aún no ha sido editado.

Pablo entendió que el ejercicio es un escape. “Hay momentos en que siento que la celda se hace chiquita como una baldosa”, le dice uno de los presos luego de entrenarse, mientras ubica su cama donde estaban las pesas. El ejercicio acaba. Otra vez las cuatro paredes. Los custodios le indican la salida.

Día tras día, Pablo se encuentra con algo nuevo y su cámara lo registra luego de conversar con los presos. Le cuentan de los significados de los tatuajes: una paloma representa que se recuperó la libertad; la telaraña, una condena larga; una lágrima, la muerte de un familiar mientras se estuvo encerrado. “Esas lágrimas también se las hacen con ácido, el mismo ácido que usan para borrarse el tatuaje tumbero”, dirá Pablo. Los violadores llevan la manzana mordida o la luna con cuatro estrellas, visibles en la piel; un tajo en la cara es el signo de los delatores. Estas son marcas hechas a la fuerza, por otros internos, para dejarlos señalados.

También descubre que hay quienes se cortan solos. En crisis porque no reciben visitas, porque su mujer no les permite ver a los hijos o por lo mal que la pasan ahí dentro, se autoagreden. Hay internos que tienen cientos de tajos en la piel. “Esos cortes que te muestran los berretines son de gil; estos son cortes”, le dice un recluso que lleva años en el penal y le muestra heridas de casi un metro de largo en las piernas y en los brazos. “Antes me cortaba hasta los huesos”, le dice y su comentario desnuda también la relación conflictiva que existe entre los internos que llevan muchos años encerrados y los nuevos, los más jóvenes.

Una de esas tardes vuelve a su casa en el colectivo. Piensa en los escapes. En la manera en que cada uno cruza sus rejas. El colectivo avanza y Pablo, sentado, saca un cuaderno y anota: “Pajarito: bebida que se consume dentro del pabellón; puede ser alcohólica o no. Por lo general es algún jugo o gaseosa mezclada con una gran cantidad de psicofármacos”.

Una imagen mental lo persigue: 600 internos encerrados en dos pabellones. La mayoría drogados. Algunos todo el tiempo. Otros de vez en cuando. Marihuana, paco y cocaína. Rivotril, Alplax y Nuvaina. Las pastillas se filtran con algunas visitas y también vuelan camufladas por arriba de los muros, envueltas en goma espuma. Se las llama voleos o palomas. Y con este método también entran armas y celulares. Llega al barrio Soeme. Su parada se aproxima. Baja del colectivo en una esquina inundada por los caños rotos. Al llegar a casa saluda con un beso a Noelia, su mujer, y le toca la panza: esperan una hija. Luego de cenar descarga las fotos y transcribe los apuntes de los diálogos que había mantenido con los guardias. Uno de ellos le había dicho: “Cuanta más droga circule dentro del penal, más fácil es controlar a los internos”.

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Ladrillo: bloque de marihuana prensada, cuyo peso suele oscilar entre los 100 y los 1000 gramos.

Mandibulear: acción de persona que está bajo los efectos de la cocaína.

Ranchada: grupo de personas afines que comparten un sector en un pabellón de una cárcel.

Soldado: interno que prepara las facas para la pelea.

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-¿Qué tal con El Matacobani?

-Bien, bien.

-Yo también lo he hecho cagar a Díaz- le dice El Pelao Tolosa, otro de los porongas del penal, quien se supo ganar el alias de El rey de la coca por sus movidas millonarias de narcotráfico.

-Yo no lo he hecho cagar. Usted ha visto cómo son las cosas acá en el penal: vuela una mosca y ya dicen que ha pasado un halcón. Ha sido un forcejeo- le responde Pablo, con perfil bajo.

-No, no, si a mí me ha contado gente de confianza cómo ha sido todo. Que vos lo tenías tirado en el piso…Bueno, ¿fotos de qué necesitas? Yo hago una llamada y las hacés. Y no hinchés las bolas, ya. Vos hacé, que sos uno más de nosotros.

-Puntas. No tengo fotos de puntas- responde Pablo.

Minutos después, alguien saca de algún lado una varilla circular de hierro, como si fuera un dedo oscuro de 40 centímetros de largo terminado en punta. Lo exhibe en alto y Pablo lo fotografía. Desde entonces registró cada detalle que tuviera que ver con estas armas prohibidas, ocultas, artesanales y mortales.

“Un secador de pisos, una parrilla plegable, un lápiz, una tarjeta plástica y hasta los huesos de vaca y pollo se transforman en armas en el ámbito de un pabellón carcelario. Hay distintos tipos de puntas. Están las pequeñas hojas montadas sobre un encendedor de plástico que tienen unos 10 centímetros de largo. Las “agujas”, que son varillas muy bien afiladas que van de 20 a 40 centímetros. Las planchuelas, que son del ancho de la puerta, y los arpones, que son como lanzas. En las peleas nadie tira como si fuera un aviso: son a muerte”.

El domingo amanece con sol. Desde las siete, las familias se amontonan en la puerta del penal: día de visitas. Día de “pechar rejas”, en términos de los visitantes. Pablo llega y, mientras presenta su autorización para ingresar, una mujer lo interrumpe:

-Pablo, Pablo, disculpe. Es sobre el Darío, sobre El Banana- le dice, junta los labios afligidos.

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Tras la cuarta reja es el nombre del libro de Pablo Toranzo. Aún inédito, en sus 156 páginas se encuentra el reportaje documental más profundo que se haya producido sobre el penal de Villa Urquiza. Se despliega en 87 fotografías, textos descriptivos, datos duros y un glosario actualizado sobre el lenguaje carcelario. Eduardo Longoni, uno de los maestros del fotoperiodismo argentino, realizó la edición fotográfica del libro.

Parte de este trabajo se hizo público por primera vez en una muestra de fotos, a mediados de mayo pasado, en La Gotera Cultural, el espacio para exposiciones del bar El Árbol de Galeano. Por la intimidad de las imágenes, algún espectador pensó que Toranzo había estado preso y que la exposición era el registro de su condena en Villa Urquiza. Cualquiera podría haber imaginado algo parecido a eso, sólo con detenerse unos segundos en aquella imagen donde se ve a diez internos en cueros, con los pantalones y el cazoncillo bajados hasta las rodillas, sin remera y las manos en alto, mientras tres guardias los requisan dentro del penal.

La muestra se inauguró con una mesa panel titulada “Hombres tras las rejas”, integrada por Pablo y por Lucía Doz Costa, de la Organización No Gubernamental Abogados y abogadas del Noroeste Argentino en Derechos Humanos y Estudios Sociales, Andhes.

Desde la organización, Doz Costa apura la puesta en marcha de la comisión provincial que, como órgano autárquico, deberá controlar la tortura, el hacinamiento, la salud y la educación en los lugares de encierro, según la ratificación de Argentina a la Convención de Naciones Unidas. “En nuestra provincia se creó la ley el 24 de marzo de 2012 y desde entonces esperamos que se reglamente para que empiece a funcionar. Todo lo que sucede en el penal está en situación de desamparo. A punto tal que se naturaliza a quien está privado de libertad como alguien que ha perdido todos sus derechos, no solamente el derecho a la libertad ambulatoria”.

La sala estuvo llena, pero Toranzo lamentó no hubiera asistido nadie del Ministerio de Seguridad Ciudadana, ni del penal, aunque agradeció a la posibilidad de realizar el reportaje. Sí estuvo ahí Silvana, la ex directora de Clasificación, quien agilizó los papeles para que entrara a la cárcel y lo salvó aquella vez que lo corrieron los guardias.

Las declaraciones que realizó en la muestra y lo escrito en el libro permiten conocer la opinión crítica de Pablo sobre la actualidad del penal. Aquí, algunos extractos:

“La cárcel no está incluida como una herramienta de seguridad dentro del gobierno, sino como un mero inodoro de gente. Tarde o temprano los reclusos vuelven a la calle y te volvés a encontrar con todo lo negativo que tiene esa persona, pero potenciado luego de haber estado ahí dentro”.

“He conocido algunas personas que, por lo menos dentro del penal, quieren cambiar su vida, aprendiendo un oficio, pero las oportunidades no llegan a todos porque los talleres no tienen cupo o están cerrados.”

“La inversión en recursos humanos y en fondos para intentar una correcta resocialización son casi inexistentes. En términos de capital humano, esta ausencia se nota sobre todo en el grupo de suboficiales: para controlar a 600 presos hay entre 5 y 9 guardiacárceles, según el turno”.

Para controlar a 600 presos hay entre 5 y 9 guardiacárceles

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Cuchillos largos: presos de extrema violencia.

Facazo: herida cortopunzante.

Hacer un hecho: salir a robar.

Matraca: dar sexo.

Verduga: mujer, esposa.

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Antes de estar preso, Darío Fernández, alias El Banana, viajaba al sur del país en busca de un blanco que ya tenía identificado: mochileros y turistas gringos. A punta de pistola, les robaba su dinero y luego volvía a Tucumán a gastarlo. En cada atraco afanaba 30 ó 40 mil pesos. Pero un día algo salió mal y terminó con la cara en el piso y las manos esposadas, por detrás de la espalda. Le dieron una condena de ocho años. Y dentro del penal tomó uno de los trabajos ocupacionales, el de cloaquero.

Su función era quitar los objetos que obstruyen los caños de las cloacas, que casi todos los días colapsan porque algún preso arroja una bolsa o una botella para taparlas. Y entonces, un charco de mierda inunda pisos, celdas y avanza hasta la ronda, donde se ubican los guardias. Esa misma sustancia también impregnaba las prendas de El Banana, quien se metía en los pozos infecciosos con un guante por uniforme. Este trabajo ocupacional tiene un salario de 250 pesos por mes. Por toda la mierda que llevan en la piel, los guardias no requisan a los cloaqueros. Y así se convierten en los sistemas de transporte perfectos para puntas, drogas, celulares o cualquier elemento prohibido. Ya sea por decisión propia u obligados. Pablo lo fotografío en su tarea. “Con estas fotos tomamos conciencia, un grado de reflexión que nos falta cuando, ante un hecho de delincuencia atroz, decimos livianamente que ojalá ese chorro se pudra en la cárcel. Entonces, deseamos lo que de hecho ya ocurre”, escribe Longoni en el prólogo del libro.

Cuando tuvo un poco más de confianza le preguntó si podía entrevistarlo en su celda. Darío aceptó y charlaron esa misma tarde. El Banana usaba el pelo corto y un flequillo desparejo. Tenía los labios gruesos, como inflados a presión, y los pómulos puntiagudos. En la fotografía que le tomó Pablo en su celda se lo ve sentado, con una campera deportiva. A sus espaldas, en la pared oscura y descascarada, hay una imagen del Pato Donald. En esa misma celda, en los días de visitas, El Banana se acostaba con su mujer. La embarazó dos veces mientras cumplía su condena.

Cuenta Pablo que cuando la mujer de un preso camina dentro del penal, los demás reclusos miran al piso o se dan vuelta. No la ven. Y si alguno le llegara a decir o insinuar algo, puede aparecer muerto en los próximos días. Dentro de las celdas, en aquellos encuentro íntimos, los reclusos dejan chupones visibles en la piel de su mujer y también las embarazan, en muchos casos, para que en el barrio o en la calle se sepa que aún tiene pareja. Este gesto de desconfianza y de dominio pierde efecto posesivo durante febrero, cuando los grupos de cumbia y cuarteto invitan a bailar, a pintarse y a beber todo el día durante el carnaval de Ranchillos. Los domingos es día de visita en el penal. Y también es día de baile en Ranchillos. El preso que no recibe a su mujer ese día cae en un infierno de celos, desmedido y violento. Grita, insulta, la acusa de estar culeando con otro. Por bronca se lastiman, se hacen cortes, patean las puertas. Y su descargo termina en la próxima visita, sobre ella y a las cachetadas. Nadie se mete, ni guardias, ni presos. “Estas boludas vienen para que las hagan cagar”, le dijo a Pablo un agente penitenciario.

La celda de El Banana tenía un cubrecamas azul y la almohada blanca. Pablo pidió a su custodio que lo dejara solo, que necesitaba aire para charlar más tranquilo.

-Hace seis años y ocho meses que estoy privado de mi libertad, y desde que ingresé vengo trabajando en la cloaca. Sé que este es un trabajo insalubre y no me dan herramientas ni nada para mi protección, o un uniforme. Tampoco vitaminas que me ayuden a no vivir con infecciones y enfermedades. Pero bue…es lo que hay y eso me sirve para ayudar un poco a mi familia. Ando renegando ahora porque estos cobani de mierda no quieren que pase una torta; es mi cumpleaños y me van a venir a visitar el domingo.

Al domingo siguiente Pablo vio a la familia Fernández festejar el cumpleaños del padre preso, en su misma celda. Compartió con ellos. Conoció a su mujer, a sus tres hijos y a su papá, quienes pecharon siete rejas hasta ahí, le cantaron el feliz cumpleaños, comieron unos sanguchitos y después se fueron. A solas con Pablo, le confesó:

-Mi mujer me las bancó todas y mis hijos están esperándome en la calle. Ando esquivándole al bondi. Ya quiero volver a la calle, pero para trabajar honestamente, ¿vio? El robo da plata, pero siempre se termina aquí adentro, caminando en la tumba. He cambiado mucho de lo que era, hace años que ando preso y me quedan solo cinco meses para volver a ganar mi libertad. Quiero criar a mis hijos y estar con mi mujer.

El robo da plata, pero siempre se termina aquí adentro, caminando en la tumba.

Luego lo acompañó hasta la salida. Antes de llegar se detuvo y le señaló una escalera de afuera, que se ve tras las rejas: -Ahí mismo jugaba yo cuando venía a visitar a mi viejo.

Tiempo después, Pablo me hablará del fenómeno de “institucionalización no institucional: niños que desde muy chiquitos están dentro de cárcel, aunque no pertenezcan a la institución, pero que integran el régimen y empiezan a naturalizarlo”, como los hijos de El Banana.

Tiempo después, Pablo me contará la historia de un hombre que estuvo 18 años preso por homicidio. Durante diez años de su condena en Villa Urquiza, fue el responsable máximo de la panadería que abasteció de facturas por la mañana y de pan por la noche a más 600 personas. Cuando salió en libertad, Pablo lo encontró buscando comida en la basura porque no conseguía trabajo. “No hay un servicio que los acompañe cuando recuperan la libertad. Falta un par de meses y un empujoncito para que ese hombre vuelva a delinquir. Tiene la maña, y sabe lo que tiene para ganar y lo que tiene para perder”.

Y tiempo después, Pablo me dirá que durante los ocho meses que estuvo en el penal, murieron nueve personas: ocho asesinadas de un puntazo, en peleas entre los presos; la otra se ahorcó. Ninguno de los casos fue investigado.

El sigilo carcelario impide que algunos secretos crucen el muro, quizá por eso las muertes quedan allí. Pero nada dice de los de afuera. Nada dice de la mujer que pregunta por su marido, El Banana. Dolorida, repite ese domingo de visitas en Villa Urquiza:

-Me lo han matao al Darío, Pablo. A un mes para que salga, de un puntazo me lo han matao.

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