Un caleidoscopio para pensar

Bitácora Zeta

Ensayo

Un caleidoscopio para pensar

La investigadora Anita Chehin realiza un recorrido por los caminos de la crónica latinoamericana, desde José Martí y Rubén Darío hasta García Márquez y Tomás Eloy Martínez. Qué lugar ocupa Tucumán en ese vasto territorio del género crónica.

Hace unos años llegó a mis manos un texto maravilloso del venezolano José Roberto Duque, Salsa y Control. Me encontré con una escritura de una potencia abrumadora que desafiaba todos los límites, que mezclaba -sin ninguna pretensión de armonía sino por el contrario, plena de contradicciones y fragmentarismos- la música de la salsa con el ritmo caótico de la urbe caribeña, con las historias de la calle, de la gente que vive en los “bloques” (como se llama a las zonas urbano-marginales en Venezuela) y con el “Caracazo” de fines de los 80. Todo eso tramado en un texto apasionante. Luego, fue leer. Al principio Juan Villoro, Carlos Monsivais, Elena Poniatowska, Martín Caparrós a quien anteriormente había confinado entre los autores que no eran de mi preferencia y que al releer me encontré con una prosa exquisita. Más tarde, llegaron Alberto Salcedo Ramos, Julio Villanueva Chang, Jon Lee Anderson y una antología de las Mejores crónicas de la revista Soho que me prestó el Pollo Svetliza. Y después Cristian Alarcón y sus irresistibles Cuando me muera quiero que me toquen cumbia y Si me querés, quereme transa. Fueron un quiebre porque otra vez se me aparecía el revés de la ciudad y sus universos de droga y violencia que en muchas ocasiones yo había percibido como un as amarillo y divisorio de ciertos medios que construían infiernos donde depositar las miserias humanas y sujetos miserables estigmatizados. Siempre victimarios, nunca víctimas. Y así me fui encontrando con una multitud de textos (verdaderamente una multitud) que mostraban otra cosa, que contaban diferente, que no callaban, que ofrecían una posición política pero no dogmática de hechos que están ahí no más, ni siquiera a la vuelta de la esquina, en la propia vereda.

He recorrido un sinnúmero de elaboraciones teóricas muy valiosas que me sirvieron y me sirven mucho para pensar la crónica como objeto de estudio. Sin embargo, ninguna ha alcanzado la difusión y la capacidad explicativa con la que uno de sus máximos exponentes la ha definido: “El ornitorrinco de la prosa” como la llama Juan Villoro. Quizás sea ésta una de sus figuraciones más exactas. Vale la pena citarla:

Si Alfonso Reyes juzgó que el ensayo era el centauro de los géneros, la crónica reclama un símbolo más complejo: el ornitorrinco de la prosa. De la novela extrae la condición subjetiva, la capacidad de narrar desde el mundo de los personajes y crear una ilusión de vida para situar al lector en el centro de los hechos; del reportaje, los datos inmodificables; del cuento, el sentido dramático en espacio corto y la sugerencia de que la realidad ocurre para contar un relato deliberado, con un final que lo justifica; de la entrevista, los diálogos; y del teatro moderno, la forma de montarlos; del teatro grecolatino, la polifonía de testigos, los parlamentos entendidos como debate: la “voz de proscenio” , como la llama Wolfe, versión narrativa de la opinión pública cuyo antecedente fue el coro griego; del ensayo, la posibilidad de argumentar y conectar los saberes dispersos; de la autobiografía, el tono memorioso y la reelaboración en primera persona. El catalogo de influencias puede extenderse y precisarse hasta competir con el infinito. Usado en exceso cualquiera de estos recursos resulta letal. La crónica es un animal cuyo equilibrio biológico depende de no ser como los siete animales distintos que podría ser.

Villoro acude a la metáfora del animal monstruoso para dar cuenta de una narrativa cifrada en la mixtura de formas que la constituyen como un género híbrido. Al resaltar el extenso “catálogo de influencias” que recibe, destaca su enorme permeabilidad. Se trata de un animal anfibio, según Cristian Alarcón, que absorbe los múltiples discursos del mundo más allá de los que circulan propiamente en el campo literario.

La crónica se apropia de los recursos del periodismo y de la literatura, y los reelabora en un discurso nuevo. Existe en un espacio propio que impugna los pactos de lectura que tradicionalmente establecían ambos campos: lo que se lee bajo el signo “periodístico” debe ser considerado como real, mientras la literatura asume la premisa opuesta, la dimensión estética prevalece sobre la referencial. La crónica pone en jaque esos presupuestos, difumina las fronteras dudosas entre ambos.
Realiza operaciones textuales que desarticulan las reglas del discurso periodístico: incorpora lo subjetivo a través de un sujeto literario y suprime el orden cronológico de los hechos. Pero a la vez, conserva su matriz periodística intacta: no inventa sucesos, sino que propone una mirada nueva sobre lo que relata. A esto se refiere Tomás Eloy Martínez cuando plantea que todo relato es por definición infiel en la medida en que no puede contar la realidad, ni repetirla sino inventarla de nuevo. La crónica se sitúa ahí, entre la experiencia y su simulacro discursivo.

Híbrida, fronteriza, ha sido sistematicamente colocada en un lugar marginal tanto en el periodismo como en el ámbito literario. Sin embargo, escritores de las dos orillas han hecho mucho para que sus textos no se consideren noticias que se cuentan con el adorno de ciertos artificios literarios simplemente para que suenen más lindas. Hace tiempo dejó de ser la loca de la casa, para ubicarse en el centro de la escena y ocupar un lugar de absoluta legitimidad homologado no sólo por editores, editoriales, críticos, festivales, sino –y principalmente- por sus lectores con los que posee un pacto único. Ese público ávido de historias que nunca se contaron o cuyas versiones oficiales no le convencen.

Y es que la cuestión está ahí, en cómo se cuenta la historia. Ya sea que intente dar coherencia a lo inenarrable como por ejemplo la experiencia de las víctimas mutiladas de las minas antipersonales en Colombia, los asesinatos inexplicables de Javier Cuello “Tarrín” y Aldo Molina en Tucumán o bien, que exponga prácticas orales propias de la cultura popular aún vigentes -pienso en el bufón de los velorios de Salcedo Ramos- el cronista se empeña en organizar la polifonía de voces muchas veces yuxtapuestas y dotarlas de sentido en un espacio textual que además contempla unas escenas, un tiempo y un espacio determinados. Existen, son parte de la memoria de una comunidad.

Martín Caparrós, siempre sugerente, en el texto “Contra los cronistas” exalta la condición política del género. Cree que la crónica trata de pensar el mundo de una otra forma a la que los medios pretenden imponer y con otro lenguaje. Hay un sujeto que mira y cuenta, al que es posible cuestionar porque lo que dice no es “la realidad” sino una de muchas miradas posibles. Cree que la crónica es desconfiada, dudosa, que pone en crisis las certezas frente a la aceptación de tantas verdades generales. Cree que la crónica busca nuevas formas de decir, distintas y críticas. Cree, en definitiva, que la crónica es política en tanto busca un lugar de diferencia y resistencia.

Mucha tinta corrió bajo el puente tratando de dilucidar si se trata de literatura o periodismo. Yo personalmente adhiero a la postura de Leila Guerriero quien sostiene que la crónica siempre fue literatura. Se apropia de las palabras de Tomás Eloy Martínez para decir con él que el buen periodismo, cuando está bien hecho, es literatura. Nunca mejor dicho. En “Tres tristes tazas de té” narra con maestría una noticia policial que los medios abordaron hasta el hartazgo: los asesinatos cometido por “Yiya” Murano. Lo novedoso reside en el particular punto de vista que se imprime al poner el foco en lo perverso del personaje más allá de los crímenes que cometió. La preocupación se centra en la materia narrativa, en cómo contar algo. La crónica puede mirarse como un caleidoscopio que nos muestra que el mundo que nos rodea está en permanente movimiento y puede ser leído de formas variables.

Los que encienden la luz

Las ansias por cronicar la realidad en nuestro continente existían desde el período colonial. Fue, dice Monsivais en un brillante ensayo de introducción a su antología de la crónica mexicana, un enorme instrumento de afirmación de los conquistadores. Los cronistas de Indias escribieron lo que habían visto y oído -y lo que no también- y nos legaron textos extraordinarios que siempre vale la pena visitar. Pienso en el deslumbramiento de Bernal Díaz ante la gran Tenochtitlan o el asombro ante los gigantes que Pigafetta “vio” en la Patagonia.

El periodismo narrativo en América Latina tal como lo conocemos tiene su origen entre fines del XIX y principios del XX. La crónica modernista surge al mismo tiempo que comienzan a delimitarse los espacios propios tanto del discurso periodístico como del literario. Así, la literatura se refugió en lo estético, mientras que el periodismo asumió la representación objetiva de los hechos mayormente significantes del presente.

Escritores brillantes como José Martí, Rubén Darío, Manuel Gutiérrez Nájera, se profesionalizaron a partir de publicaciones en periódicos que a su vez iban consolidando su posición en el mundo moderno. De modo que se alejaron de la tradicional figura del reporter, buscaron en la estilización la diferencia. Son textos maravillosos, de extraordinaria vigencia. Sabemos por Martí de los inflamados corazones de los neoyorquinos al ver erigirse el colosal puente de Brooklyn así como los que dejaban de latir sepultados en el esfuerzo de la construcción. Las crónicas de aquella época revelan las contradicciones que la modernidad puso al descubierto.

En adelante hay un extenso camino recorrido. Pero podríamos decir que a partir de la década del 60 aparecen los imprescindibles, los cuatro fantásticos del periodismo narrativo latinomaericano, los que no podemos dejar de mencionar: Elena Poniatowska, Carlos Monsivais, Gabriel García Marquez y Tomás Eloy Martínez. Ellos leyeron y escribieron la realidad de manera absolutamente inspiradora y transformadora. El trayecto que iniciaron demarcó el rumbo de la crónica en los siguientes años. Supuso replantear la relación literatura-sociedad y los modos de narrar las problemáticas más acuciantes de América Latina. Al mismo tiempo en Estados Unidos los representantes del “New Jornalism” Jon Lee Anderson, Tom Wolfe, Norman Mailer, Capote, entre otros, publican textos magníficos que también agitaron los terrenos de la escritura por esos lares.

Desde entonces los cronistas se han abocado a la tarea de contar historias que abordan temas de los más variados: el narcotráfico, la guerrilla, la trata, problemáticas de género, el boxeo, el fútbol, la vida urbana, las migraciones, el sexo, por nombrar sólo algunos. Todo puede aparecer en la cocina del cronista porque la vida misma está ahí, para ser contada.
Villoro explica que hay un juego entre la voz del cronista que expone su subjetividad como testigo y la de los testimoniantes que comparten sus experiencias, en el imperativo intento de dar voz a los demás. Para él es “imposible suplantar sin pérdida a quien vivió la experiencia”. Se pregunta qué espacio puede tener justamente la palabra desde fuera para contar el horror que sólo se conoce desde adentro. Su respuesta es clara: al menos la crónica logra restituir la palabra perdida.

Lo visto y lo oído se vuelve materia prima de su relato, emulando a su antecesor cronista de Indias. Los cronistas se interesan por los hechos cotidianos y domésticos y escuchan atentos a quienes los protagonizan o experimentan. Tratan de ver donde los demás no ven. Trabajan desde la contemporaneidad, y aunque escriben bajo la urgencia del presente lo hacen desde un enfoque siempre reflexivo. Son, como dice el gran Julio Villanueva Chang, los que encienden la luz.

En el discurso de apertura del ‘Encuentro nuevos cronistas de indias II’, en octubre de 2012, Elena Poniatowska asegura que en Latinoamérica la crónica “responde a una necesidad: manifestar lo oculto, denunciar lo indecible, observar lo que nadie quiere ver, escribir la historia de quienes aparentemente no la tienen, de los que no cuentan con la menor oportunidad de hacerse oír.” Es el género que más expresa las problemáticas sociales propias de la región. Se declara una escritora comprometida: “damos una información que no ofrece la prensa oficial y nos esforzamos en la investigación, pero sobre todo porque al escribir vinculamos nuestra experiencia privada al destino colectivo”.

Pienso el modo en que los escritores contemporáneos asumen el compromiso al que alude Poniatowska. Por un lado, hay una fuerte apuesta en la elección de los temas que dan visibilidad a problemáticas que la prensa clásica habitualmente descarta o relata desde un discurso cristalizado de “buenos” y “villanos”. Por otro, pienso el enorme compromiso de poner el cuerpo en la realización de las historias. Salir, buscar, hablar, preguntar, caminar, esperar, arriesgar muchas veces hasta la vida. Ya sabemos, mejor dicho, no sabemos cuántos escritores y periodistas mueren a diario por su causa cuando se sumergen en lugares donde ver, oír y -mucho más aún- contar, es en extremo peligroso. Elegir un oficio que la mayoría de las veces está mal remunerado o depende de proyectos autogestionados sin fines de lucro, es sin lugar a dudas, un compromiso sideral.

Donde habita la crónica

A comienzos de la década del 90 Gabriel García Márquez puso en marcha uno de sus proyectos periodísticos más importantes que llamó Fundación Nuevo Periodismo Iberoamericano. Su carrera estaba consolidada, para entonces ya era reconocido a nivel internacional, sobre todo luego de ganar el Premio Nobel de literatura en 1983. Para concretarlo convocó a colegas y amigos que compartían con él la preocupación por el oficio bajo la dirección de Tomás Eloy Martínez quien definió inicialmente el enfoque de trabajo.

Las actividades de la FNPI se inauguraron con dos talleres de crónica y reportaje a cargo de Alma Guillermoprieto. Le sucedieron los talleres de Terry Anderson sobre información en situaciones de peligro; Tomas Eloy Martínez, sobre edición y, más tarde, otro de periodismo en tiempos de crisis; Phil Bennet hizo el suyo sobre las tendencias de la prensa en los Estados Unidos; Stephen Ferry lo hizo sobre fotografía; Horacio Verbitsky y Tim Golden sobre periodismo investigativo, Miguel Ángel Bastenier dirigió un seminario de periodismo internacional. Es clara la visión internacionalista en la convocatoria de maestros, lo que se mantiene hasta hoy. Si bien el objetivo es el de un “Nuevo periodismo Iberoamericano”, es decir poniendo énfasis en el trabajo en lengua española, se valora también la importancia del periodismo norteamericano y europeo, los aportes del “New Jornalism” y la actividad de revistas como el New Yorker, de amplia trayectoria.
Tomás Eloy Martínez expresó una inquietud idéntica a la de García Márquez de crear una fundación para promover la literatura y el periodismo joven de América Latina que luego de su muerte en 2010 dio lugar a la Fundación TEM en la ciudad de Buenos Aires, cuyos objetivos y actividades se encuentran en estrecha relación con los de la FNPI.

En la actualidad se discute si asistimos a un auge de la crónica. Considero innegable que tanto las fundaciones como las revistas especializadas, los encuentros, talleres, seminarios, entre otras prácticas le otorgan un lugar preponderante y de algún modo conforman un canon. Realizan una enorme tarea de divulgación y promueven la formación y el encuentro de cronistas de distintas latitudes como el encuentro “Nuevos Cronistas de Indias” que se celebró en México en 2012 con la intención de convocar a periodistas y escritores, jóvenes en su mayoría. Su página web pone el foco específicamente en la crónica ofreciendo un interesante catálogo de escritores, sitios web, revistas digitales e impresas, blogs, editoriales, proyectos.

Difunde el trabajo de cientos de autores latinoamericanos que de otro modo no podrían hacerlo.
Lo cierto es que hoy el género convoca y en su nombre se realizan encuentros, seminarios, talleres, charlas, clínicas, congresos, y todo un espectro de actividades. Claro que esto de ninguna manera responde la pregunta. Es más, no sé si pueda responderse, al menos por ahora. Quizás convenga esperar un tiempo para arriegarse a dar un veredicto. Lo que sí creo es que es un hecho que se están produciendo textos de altísima calidad e impulsando proyectos colectivos serios que hablan de un compromiso profundo con la palabra, empeñados en poner en discusión la realidad.

La crónica de acá

De todo lo que está sucediendo alrededor de la crónica, una de las cuestiones que más llama mi atención es la cantidad de proyectos dedicados a su difusión que pululan en toda América Latina. Es el caso por ejemplo de El Faro en El Salvador, Plaza Pública en Guatemala o Periodistas de a Pie en México.

Tucumán Zeta, no sólo cuenta las historias de acá sino que reúne el talentoso trabajo de un montón de escritores, fotógrafos, dibujantes, en una web de cuidadoso diseño, pero principalmente de altísima calidad en su contenido. Es una iniciativa gestada y producida en Tucumán por tucumanos. Claro que la crónica ya tenía un camino recorrido en nuestra provincia. Huelga decir que uno de sus máximos exponentes Tomás Eloy Martínez, es tucumano. Pero lo que hizo Tucumán Zeta es darle un lugar propio, sólo para ella, con la particularidad de hacerlo desde un proyecto colectivo y autogestionado.

Llevan hasta aquí ocho ediciones de cuatro historias. En cada una siempre hay un cronista invitado. Las otras tres están a cargo de Pedro Noli, Exequiel Svetliza y Bruno Cirnigliaro, sus creadores, que integran el consejo de redacción. La producción fotográfica en cada caso es impecable y las crónicas son un todo. Texto e imagen se leen juntos, son una unidad de sentido. Los textos hablan de un Tucumán de personajes inagotables, como el gordo moneda y Tapalín; de lugares emblemáticos como el mercado, el parque 9 de Julio; de historias teñidas de sangre que muchas veces olvidamos con facilidad.

Entre los números destaco especialmente la osadía de la Edición Urgente que salió luego del fatídico diciembre de 2013 en nuestra provincia. Cuando todo era confusión, los cronistas de Tucumán Zeta se animaron a contar lo que a la vista de todos resultaba abrumador e inenarrable. Le pusieron voz al desconcierto y organizaron con palabras la experiencia del miedo. No se quedaron en la barricada de la esquina ni en la maliciosa cadena de whatsapp. Fueron a escuchar a la mujer de Aldo Molina, a la abuela de Tarrín, a los vecinos de “La vía láctea”, vivieron la noche larga tucumana, corrieron, editaron, publicaron. Hacen falta agallas y decisión política para poner el compromiso con el oficio por delante del lucimiento personal. Arriesgaron y ganaron.

El corolario del estupendo trabajo que vienen realizando hace ya varios años fue la publicación de una antología de sus mejores textos. Ellos nos hablan de ese Tucumán que está ahicito nomás y no conocemos. Nos cuentan esas cosas que vimos y escuchamos hasta el cansancio pero que de las que no sabemos de verdad. Cada historia nos interpela, nos conmueve. Celebro este proyecto que llevan adelante con seriedad y convicción Pedro Noli, Exequiel Svetliza y Bruno Cirnigliaro. Ellos nos muestran que el legado de García Marquez está más vivo y vigente que nunca.

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