Que no se apague el fuego

Crónicas

Que no se apague el fuego

Una imagen tomada en Tucumán e intervenida con acuarelas y crayones por el fotógrafo Marcelo Brodsky, recorre el mundo.

Banderas rojas en Amsterdam y cascos azules en Belgrado. Trabajadores y estudiantes unidos en Bogotá. La fotografía de Eddie Adams del prisionero esposado y ejecutado reproducida en una bandera en Bonn. Un joven que se descubre el pecho y enfrenta a un tanque en Bratislava. Una calle ocupada en Tlatelolco. Mujeres al frente de multitudes en Milán y en Río de Janeiro. Un patrullero rodeado de un bosque de pancartas en Chicago. Los ciento cincuenta escalones de la Universidad de Coimbra copados por estudiantes que piden por la democratización de la enseñanza. Un efectivo de la policía montada es corrido a pedradas por una muchedumbre en el Cordobazo. Bastones ansiosos de romper ideas (y cabezas) en Bélgica. El rostro del Che que flamea en forma de bandera en Londres poco después de su ejecución en Bolivia. Una multitud en el entierro de Susana Pintos en Montevideo. Aborígenes que caminan por las calles de Sidney. Una protesta de pobres en Washington. Tokio. Toronto. Pekín. Zurich. Bruselas. Madrid. Tucumán.

Poco más de la mitad de las 30 sillas están ocupadas por comensales. Un gran ventanal permite ver la 22 Rue Saint-Benoît, una calle angosta donde los autos estacionan a ambos lados. En el restaurante japonés especializado en sopas, en el corazón del barrio Latino en Paris, la ambientación minimalista tiene su ingrediente preferido: la madera. El piso, las sillas y las mesas del mismo tono y con la misma terminación, rompen con esa armonía despojada. Unos ikebanas ubicados estratégicamente en  algunos rincones le dan un poco de color al lugar. La mantelería, blanca, impoluta.  El perfume que invade la planta baja es de trigo sarraceno traído de Masyu, un pequeño poblado en la isla de Hokkaido.

Brodsky se encuentra en París porque está exhibiendo uno de sus proyectos más recientes: “1968. El fuego de las ideas”, en la edición número 21° de la feria más importante de arte contemporáneo de la capital francesa que reúne a 150 galerías de veinte países. En este trabajo, una vez más, utiliza fotografías de archivos de gran calidad impresas en papel algodón, un soporte que reacciona como una tela y que no le genera inconvenientes al momento de intervenirla con lápices, acuarelas y crayones de colores vivos. Trabajadas en forma paciente en su estudio en el Tigre o en el montaje previo a una exhibición, Brodsky despliega un sinfín de colores y tonos como los que suelen tener sus camisas.

Es tal la calidad de las imágenes que en algunos casos la gente se reconoce o se descubre en esos rostros capturados por diferentes autores, como pasó cuando expuso en Roma o en Bogotá. En Art París, el historiador Maurice Ronai, un tipo flaco de pelo lacio, se encontró en una fotografía tomada en la plaza Denfert-Rochereau, en el XIV distrito. En ese registro hecho por la policía para la posterior identificación de los manifestantes, se puede ver a un grupo de estudiantes. Allí está un joven Maurice subido a la escultura de bronce de un león de mirada orgullosa, melena al viento y porte firme, como los reclamos por una mayor participación política que se sucedieron durante las revueltas obrero-estudiantiles del Mayo Francés de 1968.

El fuego se propaga 

Brodsky se considera heredero de esa efervescencia social. Desde 1968, cuando tenía trece años, su memoria ha hilvanado laboriosamente el tejido de acontecimientos que sucedían en el mundo entero y que en nuestro país se hicieron tangibles en revueltas de obreros y estudiantes. A modo de prefacio, dos años antes, la provincia de Tucumán ardía y se transformaba en un tubo de ensayo político durante la dictadura de Juan Carlos Onganía, un golpista de carrera intrascendente y bigote castrense que derrocó al presidente radical Arturo Ilia bajo la autodenominada “Revolución Argentina”.

“… He asumido el cargo de Presidente de la Nación que las Fuerzas Armadas han coincidido en conferirme, con brevedad de la circunstancia nacional que nos impone obligaciones inexcusables. Acepto ésta responsabilidad excepcional persuadido de que es menester producir en la República un cambio fundamental, una verdadera revolución que devuelva a nuestros argentinos su fe, su confianza y su orgullo”, nos avisaba el usurpador, luego de sentarse en el sillón de Rivadavia.

Ciento cincuenta años después de que se declarara la independencia de nuestro país, Jorge Néstor Salimei, el ministro de economía de aquel dictador, firmó el decreto-ley 16.926. Fue la noche del 21 de agosto en la que se anunció la intervención de siete ingenios azucareros. Precavido, unos días antes, Onganía envió 400 efectivos de la Policía Federal, a los que se sumó  personal de Gendarmería Nacional. Las tareas de ocupación serían coordinadas por el entonces jefe del Regimiento 19 de Infantería y futuro tirano, el general Antonio Domingo Bussi.

Luego de que la fiebre sacarofóbica arrasara los cañaverales tucumanos, los ingenios cerrados terminarían siendo once y no tardarían en aparecer las heridas lacerantes. La tercera parte de la población migró a los asentamientos precarios en el gran Buenos Aires y el Gran Rosario. La matriz productiva estaba destruida y más de 50.000 personas quedaron sin trabajo. Como en toda ecuación matemática, hubo una parte beneficiada: fue la de los industriales azucareros porteños que tenían ingenios en Salta (Ingenio el Tabacal), en Jujuy (Ingenio Ledesma de los Blaquier) e incluso en Tucumán (Ingenio Leales de la familia Prat Gay).

De los once ingenios cerrados, cuatro estaban ubicados en el departamento de Cruz Alta: Los Ralos, Esperanza, Lastenia y el ingenio San Antonio.

Fundado en Ranchillos en 1910 por el italiano Antonio Capurro, el ingenio San Antonio contaba con la más alta tecnología del momento para el procesamiento de la caña de azúcar. Eso no fue impedimento para que cayera bajo el yugo amargo del decreto-ley 16.926.  Nada pudo evitar su cierre, ni siquiera la caminata de veintiséis kilómetros que harían los obreros con sus herramientas de trabajo hasta la Casa de Gobierno en la ciudad de San Miguel de Tucumán.

Desde ese restaurante parisino, en el que las vigas del tradicional techado japonés se asemejan a nuestro quebracho colorado, Brodsky recuerda que llegó a esa imagen de los obreros de Ranchillos cuando vino a Tucumán a trabajar con Andhes, una organización no gubernamental con quince años de trayectoria y un fuerte compromiso en el terreno de los derechos humanos. Intuye y percibe una simpatía del fotógrafo con la movilización. Las miradas, las palas levantadas, las manos gastadas, la dignidad firme.  Quien lleva la cámara, por un instante, se transforma en obrero del surco.

La buena memoria de Brodsky

 “Demasiados muertos para una provincia tan pequeña”. Así nos describe Brodsky, tajante, certero. Y no se equivoca. Un vínculo cálido y fuerte lo ha unido a Tucumán. Como el abrazo entre dos hermanos.

Desde su participación en la muestra colectiva “Los ojos de la memoria”, en el Centro Cultural Virla, curada por Julio Pantoja en el año 2000, hasta la obra “Rezo con mis pies”, un tríptico dedicado a la vida del rabino Marshall Meyer exhibido durante la 6ta Bienal Argentina de Fotografía Documental en el año 2014.

O el capítulo seis de su libro NEXO, dedicado al Bosque de la Memoria que está en el Parque Biológico Sierras de San Javier, de la Universidad Nacional de Tucumán.  Creado en 1996 a instancias de la Asamblea Permanente por los Derechos Humanos (APDH) de nuestra provincia. Cada familia que tuviera un desaparecido por la dictadura fue invitada a plantar un árbol en su memoria, identificándolo con un cartel, un papel plastificado o una piedra. Brodsky registró el deterioro que ha provocado el paso del tiempo y sus inclemencias en esas identidades, fotografiando lo que sería una segunda desaparición.

Consolidada su cooperación con Andhes, se involucró en proyectos colectivos con dirigentes diaguitas de los Valles Calchaquíes, que se solidarizaron con los 43 estudiantes desaparecidos en Ayozinapa, por el que México todavía reclama justicia. También fue parte de las inspecciones oculares a la escuelita de Famaillá, a la comisaría de Monteros, a Caspinchango y a los conventillos del ex ingenio Fronterita, que hicieron los miembros del tribunal que lleva el juicio conocido como Megacausa Jefatura II – Arsenales II.

Con un entusiasmo contagioso, explosivo, enérgico, casi catártico, se nutre de una profunda y rigurosa investigación histórica. No se queda quieto. No puede quedarse quieto. Quiere saber cómo se hizo la fotografía, busca a los protagonistas, se pregunta qué pasó en ese acontecimiento.

Va y viene. De Aquí para allá. Así su obra circula por distintos circuitos: del arte, los museos, las galerías, las bienales… El académico, el de los derechos humanos, el de los medios… Mantiene el entusiasmo y la capacidad de sorprenderse ante lo imprevisible que puede ser el destino de una obra suya.

Zaragoza, Lituania, Cardiff, Sao Paulo, Madrid, New Hampshire, Bogotá, Londres, Santiago de Chile, Zurich, en el último año.

Y es así como los obreros del Ingenio San Antonio, despojados de sus trabajos,  son la portada del último informe anual del Centro Europeo por los Derechos Constitucionales y Humanos. Una ONG fundada en 2007 por el abogado alemán Wolfgang Kaleck y un pequeño grupo de colegas que intentan garantizar y proteger los derechos humanos con los mecanismos jurídicos contenidos en la Declaración Universal de Derechos Humanos.

La lutte continue

Espectadores que deambulan por pasillos apenas iluminados, grandes pantallas que se encienden,  fuegos que arden, voces que queman, Rudi Dutschke y sus ojos tristes.

Yo participo

tú participas

él participa

nosotros participamos

ustedes participan

él se beneficia

En el mes de diciembre del año pasado, Brodsky junto al director de teatro Matías Feldman y al compositor Nicolás Varchausky, estrenaron “1968. Ópera contemporánea” en el Centro de Experimentación del Teatro Colón. El tema central son los sucesos del mayo francés y su proyección en todo el mundo, incluyendo las réplicas locales como el Cordobazo y el Tucumanazo.

Pensada como un prisma que refleja y proyecta preguntas y reflexiones críticas que nos interpelan hoy, fue concebida como una mezcla de luz, sonidos, artes visuales y música vocal.

Con siete funciones hechas, la producción de la ópera fue inmensa. Agustin Genoud como ruidista; Nicolás Mannara y Miren Begoña Cortazar, como artistas foley; Hernán Lewkowicz es la voz en off; Daniel Hernández y Mariano Cura, en la puesta sonora; Simón Pérez, es el asistente musical; Gianna Guerrante diseñó el vestuario; Ricardo Sica, fue el diseñador de luces y el coro «Ensamble Vocal Cámara XXI», de veinticinco integrantes fue dirigido por Miguel Pesce. Casi cincuenta personas involucradas en la concreción de un proyecto que implicó un intenso trabajo.

“Ochoveinticinco”. “¿Me escucha, comando?”. Megáfonos que imitan voces policíacas, con sabores metálicos. Ocho pantallas de seis metros de alto reproducen los videos preparados por Brodsky y Alejandro Chaskielberg. Hay consignas y discursos franceses de barricada, corridas en blanco y negro, un gigante Agustín Tosco que ilumina, gases lacrimógenos y muchos, muchos policías.

Los obreros de Ranchillos se han transformado. La imagen ya no está formada por granos. Ahora son pinceladas de distintos tonos sobre una tela de tres metros de largo por dos de alto, que el departamento de escenografía del teatro Colón preparó especialmente para la ópera y frente a la cual el público se detiene como en un trance.

En la escena final, un Brodsky actor agita una silla violentamente y la deja en el suelo para luego discutir acaloradamente con Varchausky y Feldman ante la mirada de una niña de trenzas hecha de papel y cartón.

“Había una vez una roca en una selva. Y esta roca se transformó en yuyo. Y este yuyo se convirtió en niña. Esta niña era roca y yuyo. Hasta que se dio cuenta que podía usar sus piernas para trasladarse. Y comenzó a caminar. Luego se dio cuenta de que sus ojos podían mirar. Entonces discriminó cosas de la textura selvática. Luego se dio cuenta de que poseía lenguaje y comenzó a nombrar. Y luego a ordenar lo que nombraba en una gramática. Y luego pensó políticamente. Ese fue el momento en que decidió abandonar la selva. Y crear el mundo de la civilización. Esto fue un cuento milenario chino. O un cuento vietnamita. O lo que Rudi Dutschke que soñó en su siesta, el día en que buscando su bicicleta, lo balearon”.

 

Los cruces, las coincidencias, las memorias…

Inmortalizado por Miguel Cané en Juvenilia, las aulas del Colegio Nacional de Buenos Aires se convertirían en un clásico de la literatura argentina. Fue fundado por los jesuitas como Colegio San Ignacio, pero poco tardaría en convertirse en la institución educativa más emblemática y semillero de ilustres. Extenso el listado, podríamos nombrar a presidentes, gobernadores, ministros de economía, diputados, escritores, humoristas, científicos y fotógrafos, claro.

Treinta y dos adolescentes con sonrisas de niños se preparan en el salón de música para la fotografía de la clase del primer año, sexta división del turno tarde del Colegio Nacional de Buenos Aires. En una esquina, Leonor y Etel, juntas, sostienen una pizarra negra con letras de plástico blanco que identifica al grupo y los coloca en un tiempo preciso: 1967.

Eduardo se toma las solapas de su saco como un compadrito del abasto de porte sobrador. María Teresa es fácil de reconocer, con una mirada seria es la única de los compañeros que usa anteojos

Uno de traje gris, otro con saco negro. Uno sonríe. El otro no. Marcelo Brodsky y Martín como en tantas otras ocasiones, se sientan uno al lado del otro, cómplices. Como en el tren que salió de Constitución y los llevó al sur de campamento. O en Villa Crespo, sobre un sillón de paño bordó, cancheros, esperando el clíck de una cámara en exposición automática.

Es la primera foto de la promoción 1972.

En los tiempos más horribles de nuestro país, cuando la dictadura cívico-militar oscureció Argentina, Brodsky, con 22 años, se exilió en Barcelona donde se formó como fotógrafo y economista.

Después de ocho años, en los que trabajó en una fábrica de tortas, publicó su primer libro de poesías en 1982. Premonitoria, la tapa de “Parábolas” está ilustrada con una litografía de un barco que navega por aguas inquietas. Así es como emprendió un viaje personal para reconstruir su historia. En su periplo lo acompañó Gianna, una mujer con sangre italiana y risa contagiosa nacida en el corazón de Brasil, y sus dos primeros hijos de doble nacionalidad, Ian y Valentina. Ya instalados en Argentina, nacería Carla, la integrante más pequeña de los Brodsky.

Revisando sus fotografías personales, se encontró con el retrato escolar y quiso saber que había sido de la vida de cada uno de sus compañeros de curso.

Con textos acotados y precisos, Marcelo Brodsky intervino la fotografía colocando sólo sus nombres y sintetizando sus destinos. Son ellos, sí. Pero también son una generación atravesada a sangre por la dictadura de Videla & Cía.

“Martín fue el primero que se llevaron. No llegó a conocer a su hijo, Pablo que hoy tiene 20 años. Era mi amigo, el mejor”.

“Alvaro es buenazo, tiene 5 hijos y vive en Madrid”.

“Patricia se sobrepuso, pero también le dolió”.

 “Etel se casó con el novio del Cole y sus hijos ya son alumnos de nuevo”.

 “A Claudio lo mataron en un enfrentamiento”.

 “Silvia es muy alta, como siempre. Es fisioterapeuta”.

La fotografía de la clase intervenida pertenece a la colección de sitios como nuestro Museo Nacional de Bellas Artes, la Galería Tate de Londres y el Museo Metropolitano de Arte de Nueva York, exponiéndose en más de cien ocasiones incluyendo su exhibición permanente en el colegio.

Rodeada de un coro de bullicios adolescentes, Carla atraviesa el patio Mariano Moreno del Nacional Buenos Aires. Acaba de empezar el cuarto año en el turno vespertino y tiene reunión en el Centro de Estudiantes. Es una de las delegadas de su curso.

Una luz cálida entra al claustro central. Carla se detiene, una vez más, como otras tantas veces lo hizo. Mira la fotografía. En detalle, observa los ojos brillantes de Liliana, Gabriel, Claudio, Martín, Antonio, Patricia y Marcelo, su papá. En sus jóvenes pupilas negras también se pueden ver los ojos cansados de los obreros del Ingenio San Antonio, con sus palas implorando al cielo, con lo inminente en sus mejillas.

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