Nocturno y el destino de Epelbaum

Crónicas de Acá

Nocturno y el destino de Epelbaum

Fue más que un boliche. Fue un quiebre cultural en Tucumán donde por primera vez dos chicas se besaban públicamente rodeadas de heterosexuales. La cárcel, el mundo y 158 pastillas de éxtasis. Esta es la historia de su creador.

 

La tarde en que once policías federales lo esperaron adentro de su casa, Gerardo Epelbaum había salido a andar en bicicleta.

Era una casa hermosa de la avenida Aconquija, al pie del cerro. De paredes blancas y de techo de tejas. En el frente crecía un jardín verde, cubierto de césped. Junto a la vereda, unos troncos formaban una cerca bajita. Había flores, un camino de entrada ancho y, por la mañana, unos pájaros cantaban desde un árbol. Al lado, a la derecha, estaba el restaurante Los Hornos.

Epelbaum pedaleó por la avenida con los auriculares puestos, con un pantalón azul y con una remera blanca. Ya usaba el pelo bien corto, tenía 39 años, la espalda ancha y los hombros carnosos. Paró a tomar agua, se encontró con unos amigos y le sonó el teléfono celular.

-Es raro -le dijo el telefonista de alarmas Albiero- Es como si hubieran arrancado la puerta.

Epelbaum miró a los costados. Giró la bicicleta y volvió a su casa. Llegó, la dejó en el piso y metió la mano en el bolsillo para sacar las llaves. La puerta estaba ahí. La intentó abrir. Se le vino abajo. Y de adentro aparecieron los federales:

– ¡Puto de mierda, dejá de envenenar la provincia!, le gritó uno de los policías mientras lo apuntaba con la pistola. Y esa tarde, la del 17 de octubre de 2004, lo arrestaron por primera vez.

*****

Gerardo Epelbaum nació en Capital Federal, el 18 de febrero de 1965, pero se crió en Olavarría, provincia de Buenos Aires. A los 15 años se sentó frente a la mesa, tomó una lapicera azul y escribió en una hoja: “No hay nada que me guste más que estar desnudo a la par de mi novio”. Dejó el cuaderno abierto sobre la mesa para que su papá lo viera. Se fue a la esquina, esperó y cuando volvió recibió un abrazo largo.

Su papá fue un médico otorrinolaringólogo, un activista del Partido Comunista y un apasionado por la ópera.

Un día buscó a Gerardo del colegio. Le dijo: “Vení, esta tarde nos vamos a Buenos Aires, nos vamos a un teatro”. Desde la inmensidad del Colón, Gerardo vio a su papá filmando Aida con una cámara Súper 8.
A los 17 años, dejó el pueblo y se fue a Buenos Aires. Estudió el profesorado de Educación Física y Antropología. Empezó a usar el perfume que usa hasta hoy, el Polo Verde Clásico.
Gerardo volvía de la facultad en colectivo. Una tarde, mientras viajaba, marcaba con un felpón unos apuntes de Malinoski. Eran marcas apuradas y con fuerza, hasta que cerró el libro, cruzó los brazos y descansó la espalda sobre el respaldo. Gerardo, recuerda hoy, pensó: “¿Qué es lo que pasa conmigo? Hay veces que ando con chicas, no soy tan maricón”.

Tiempo después se puso en pareja con un exiliado cubano, quien lo llevó hacia una militancia más activa por los derechos de las minorías sexuales. Se acercó a la Comunidad Homosexual Argentina, la Cha. Andaba por las comisarías de Buenos Aires, acompañaba abogados que peleaban por los derechos de quienes habían sido detenidos por ser gays. A mediados de los años 80, la democracia argentina apenas caminaba. La última dictadura militar no había soportado más sus mentiras, sus torturas, su silencio, su economía y sus desapariciones y, a partir de 1983, en el país tomaron un nuevo impulso las libertades culturales, artísticas, sociales y políticas. Pero las libertades sexuales siempre costaron un poco más: “Yo sabía que habían matado un montón de pibes por ser putos. Los diarios decían: Mataron a un amoral. Y para muchos no se había muerto nadie, total era amoral, y ya está”.

Luego Gerardo le abrió la puerta al mundo. Se fue a París, donde vivió cuatro años. Sus últimos meses coincidieron con el aumento del poder político y de la simpatía social por Jean-Marie Le Pen, el presidente del Frente Nacional, el partido nacionalista de la extrema derecha francesa. Y entonces se fue de Francia.

Empezó a viajar. En cuatro años dio unas vueltas por Atenas, Berlín, Amsterdan, Bacelona, Madrid, ciudades de la India, de Italia, de Rusia. Y mientras vivía en Madrid consiguió trabajo en LPG Systems, una cadena internacional de centros de estéticas. Y viajó mucho más. Incluso para Argentina.

Gerardo aterrizó en noviembre de 1998 en el aeropuerto de San Miguel de Tucumán. Vino por trabajo. Trajo su mochila pequeña y un portafolio con papeles de LPG Systems. Se impresionó por el calor. Le gustó. Los médicos que lo recibieron lo llevaron a almorzar a Yerba Buena. Sentado en una mesa de Los Hornos, veía cómo pasaba la gente en bicicleta hacia el cerro San Javier. Terminó una empanada, bebió un poco de vino y, luego de limpiarse la boca con una servilleta, dijo a la mesa: “Ustedes no tienen idea donde viven”.

Dos años después, renunció a LPG porque no quería pasar una nueva navidad en algún aeropuerto. Iba a ser la quinta vez. Decidió entonces que su lugar en el mundo es Yerba Buena. Se despidió de sus amigos, armó su valija y se fue a vivir ahí.

El primer spa que hubo en Tucumán se llamó Ianes. Funcionó en Yerba Buena, en una casona blanca, sobre la avenida Aconquija, donde Gerardo Epelbaum, quien era el dueño, vivió, trabajó y fue arrestado.
Ianes funcionó mal en los meses iniciales. Gerardo puso un cartel con letras rojas y azules en el jardín del frente de la casa, limpió las máquinas de pilates y las acomodó varias veces, pero la lista de inscriptos no avanzó. Hubo un chisme de barrio grande, de ciudad pequeña, de pueblo chico, que le jugó en contra:
En los gimnasios y clubes costosos de Yerba Buena se rumoreaban en voz baja las andanzas de un profesor de tenis que había llegado de Buenos Aires. El hombre, de club en club, de clase particular en clase particular, se acostaba con cuanta aprendiz pudiera. Entre sus alumnas había un grupo de mujeres casadas de barrios cerrados, de esas señoras que se mueven en sus camionetas y en calza del súper al gimnasio y del gimnasio al colegio de los chicos. El tenista sedujo a unas cuantas de esas mujeres y mantuvo los romances hasta que una se enteró de que no era la única que engañaba a su esposo con el profesor. Los celos la traicionaron: hizo un escándalo que terminó con siete acusaciones cruzadas entre las infieles y con uno de los maridos buscando al tenista para darle una paliza. Pero jamás lo agarraron.

Gerardo también andaba en el mundo de entrenar a mujeres de tardes libres y maridos ocupados. Además, tenía acento porteño, lo que no ayudaba para nada en ese momento porque el chisme seguía vivo. Era, en ojo de los esposos y de la alta sociedad de Yerba Buena, la nueva figura del tenista gorriador, y ninguna quería exponerse después de todo lo que se había dicho. Y Epelbaum no estaba sólo, lo acompañaba su pareja. Eran dos hombres atléticos que vivían en el spa, con sus músculos marcados y sus aparatos nuevos, a la espera de mujeres. Pero a Ianes no iba nadie y los números no cerraban.

Una mañana Gerardo se despertó temprano. Se calzó las zapatillas blancas y empezó con un trote por la avenida. Cuando volvió abrió la heladera, puso música y se preparó un té verde con tostadas. Se sentó y pensó qué hacer para que su negocio funcione.

-Y digamos la verdad, digamos que somos gays, le dijo a su pareja y untó queso al pan.

Al poco tiempo Gerardo Epelbaum había dejado de ser una amenaza sexual para los maridos de estas señoras. Hizo pública su preferencia sexual, contrató una mujer que los ayudó en Ianes y el negocio empezó a andar muy bien. Tan bien les fue que los llamaron desde el Grand Hotel del Tucumán para que pusieran otro spa, y montaron Quiró, uno de los centros de estética más grande que hubo en el Norte del país.

Con dinero para invertir, Epelbaum quería abrir un gimnasio por la zona del mástil, en Yerba Buena, pero el empresario Ramón Dieguez, con quien compartía charlas en el bar del hotel, lo tentó con otra propuesta:

-¿Pero cuánto vas a gastar?, le dijo mientras mezclaba el café y la cucharita hacía ruido al golpear la jarra.
– Tengo unos 40 mil pesos, respondió Epelbaum.
-No gastés 40 lucas en un gimnasio. Vas a tener que laburar todo el día. Mirá…-Dieguez se avalanzó sobre la mesa, dejó de mezclar y lo miró de cerca- Pongamos un boliche. Te vas a llevar 20 mil por fin de semana y vas a laburar nada.

Epelbaum no le contestó en ese momento, pero sabía lo que quería.

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Noctuno Club fue la meca de la música electrónica en Tucumán. Y fue más que eso. Inició el camino a lo que es hoy la pista de electrónica de Le Boite o de Pollock. Pero mientras boliches como estos se repiten en Córdoba, Rosario o Mendoza, las noches de Nocturno se repetían en Amsterdan, en suburbios de París o Buenos Aires. Con su música, sus drogas, sus dee jays y su libertad sexual, Norturno fue un quiebre cultural. Fue un reducto under necesario para cambios sociales. Fue un pedazo de la movida del mundo que se había colado por estos lados, en Alsina 510. Nocturno fue la llegada de lo nuevo. Y Epelbaum fue más que su inversor, más que su relacionista público, más que su arquitecto, más que su ideólogo, más que su creador. Epelbaum fue Nocturno. Y más.

En Nocturno, dos chicas se besaban rodeadas de heterosexuales por primera vez acá.
En Nocturno, encendían los aspersores del techo y se bailaba música electrónica bajo la lluvia.
En Nocturno, pasaba un travesti sin tetas al costado de una división de Tucumán Rugby.
En Nocturno, había un cuarto completamente oscuro.
En Nocturno, apareció la primera drag-queen de acá.
En Nocturno, una morocha con rastas bailaba sola, con los puños hacia arriba y zapatillas Nike rojas.
En Nocturno, andaban chicos de Yerba Buena con anteojos oscuros.
En Nocturno, no sonaba rock.
Sólo sonaba electrónica.
Y la noche terminaba de día.
En Nocturno, había quienes se mostraban tomando agua mineral.
Había quienes repetían que tomaban agua mineral porque habían tomado una pastilla de éxtasis.
Había quienes llegaban empastillados.
Había quienes se iban empastillados.
Y en Nocturno, había policías encubiertos que no encontraron a nadie que les vendieran éxtasis ahí dentro.
En Nocturno, Gerardo Epelbaum, con una camisa negra y un silbato que le colgaba del cuello, se sacaba fotos en el vip.
En Nocturno, el dj tenía una cabina al público.
En Nocturno, tocaron djs de culto que cobraron 20 mil pesos a plata de hoy.
Tocó Diego Roca.
Tocó Carlos Alfonsín.
Tocó Ale Lacroix.

Y en Nocturno, había un dj residente, que era Aquines Wartski, a quien la Policía Federal encontró con 158 pastillas de éxtasis a unas cuadras de la terminal de colectivos, la mañana del 17 de octubre de 2004.

Horas después, la policía fue a Ianes para arrestar a Epelbaum. Como no encontraron a nadie, derribaron la puerta de ingreso y lo esperaron adentro.

*****

Sonó el teléfono de la Policía Federal. Cuando levantaron el tubo, alguien dijo: “En Nocturno venden éxtasis” y luego cortó.

La investigación y el espionaje policial empezaron el sábado siguiente. Un grupo de policías federales se quitó el uniforme. Uno se puso una remera naranja. Otro se peinó con gel. Otro se afeitó y se calzó unos jeans. Fueron al boliche. Conversaron en la barra, mearon en el baño, se hicieron amigos nuevos, pidieron teléfonos, sonrieron a señoritas. Así, sábado tras sábado. Desde diciembre de 2003 hasta octubre de 2004 los tucumanos rebotaron en Nocturno entre policías encubiertos.

Pero no consiguieron pruebas de sus sospechas.

Jorge Parache, quien era juez federal, decidió darle un empujón a la búsqueda de culpables.Autorizó que se pinchara el teléfono del personal de Nocturno. Fue en marzo de 2004.
Ocho meses después de iniciadas las escuchas telefónicas, lo que equivale a 32 sábados de Nocturno, por fin la policía encontró algo concreto: El farmacéutico Pablo Silva, amigo de la casa y residente en Buenos Aires, enviaría 158 pastillas de éxtasis que tendría que buscar de la Terminal de colectivos el dj Aquines Wartski.

Lo dejaron que las retirara y lo atraparon. Luego arrestaron uno tras otro, a los restantes dueños y empleados de Nocturno: A Epelbaum en su spa, al farmacéutico Silva en Quilmes, Buenos Aires, a Gonzálo Farías, a quién le decían Mamadera y trabajaba a la par de Epelbaum y a Ramón Dieguez, el hombre del café que había propuesto a Epelbaum abrir el boliche.
Para el fiscal que investigó la causa, Alfredo Terraf, el equipo de Nocturno era una banda organizada de narcotraficantes que usaba el boliche para vender éxtasis, pero jamás pudo probarlo.
El Tribunal Oral Federal que los juzgó determinó, en 2009, que las pastillas que tenían eran para uso comercial, pero que “no se comprobaron los delitos de Organización y Financiación del tráfico de estupefacientes”. Y las penas fueron menores. Tan menores, que en la sala hubo festejos. Dieguez quedó absuelto. Aquines Wartski fue condenado a cinco años y ocho meses de cárcel. Silva fue penado con cuatro años. Epelbaum y Mamadera recibieron dos años y seis meses de prisión.
Apelaron el fallo y el proceso de juzgamiento continuó en la Cámara de Casación Penal Federal. Ahí se determinó que las escuchas telefónicas que habían sido solicitadas por Parache no fueron legales. Se cayó la principal prueba contra ellos y quedaron absueltos.

Pero antes de estos juicios Epelbaum había estado en Villa Urquiza con prisión preventiva. Cuando se enteró del fallo de Casación, escribió esto en su muro de Facebook:

“Entre octubre de 2004 y agosto de 2006 viví en el penal de Villa Urquiza. En ese periodo murieron allí 14 personas. Algunos murieron a metros de mí, acuchillados, suicidados. Recuerdo al “Ojorozo”, asesinado por poner la música a todo volumen, o Roldán, que le batió a la policía que habría un motín, y lo mataron en el baño con siete puntazos en la garganta. Lo vi allí sentado, en el rincón, con sus ojos abiertos y un babero de sangre. Recuerdo a Julio César, asesinado con un Tramontina en el corazón, escuché el rasguido de su piel y entendí, cuando gritó, que era su último grito. Allí también encontré el amor, formé una familia y uno de mis hijos me salvó la vida cuando Menino, un tipo inmundo, me quiso matar. (Mi hijo, Lezcano, se cruzó en el camino de la “punta” que venía directo a mi panza, es una extraña sensación la de saber que alguien puede ofrecer su vida a cambio de la tuya). Estuve dos años allí porque un grupo de policías y funcionarios judiciales eran tan homofóbicos que fueron capaces de arremeter contra la Constitución y arrasar con todas las convenciones de Derechos Humanos del mundo. Hoy la Cámara Nacional de Casación Penal ha dicho que la causa fue una formidable mezcla de prejuicios y homofobia. Yo fui un preso político, un preso social. No era Justicia. Y hoy fue”.

Gerardo Epelbaum llega a la sesión de fotos. En las tres entrevistas que tuvimos es la primera vez que viene acompañado de su pareja. Por teléfono anunció que estaba un poco engripado por el cambio de clima, como le pasó a muchos de los tucumanos durante la última semana de septiembre.
Viste una remera azul y un pantalón largo para hacer gimnasia. Tiene el aspecto de lo que es, un entrenador físico: es corpulento, de brazos gruesos y sigue usando el pelo cortito. Pero cuando habla, parece que Epelbaum, en sus 47 años, leyó más tiempo que el que entrenó.
Entra un poco tímido. Se nota que está curioso por los cuadros, las fotos y libros que hay en el estudio de Charly Corrado. Se para frente a una pintura vieja y confusa. La observa.

-Ese es Arlt, le responde el fotógrafo, mientras ajusta el lente.

Epelbaum asiente. Se sienta en el sillón, cruza una pierna y mira a Cuba, uno de los tres gatos que andan dando vueltas. Le pregunta a Charly sobre cómo controla la reproducción de sus animales. Epelbaum también tiene un gato. Se llama Margaret Kennedy, como la novelista inglesa. La llevó a su casa para que ahuyentara las ratas, y la solución fue efectiva. Donde vive Epelbaum con su novio, en La Rinconada, hay muchas ratas. Pero la vista al cerro San Javier es hermosa.

En ese mundo de contrastes vivió Epelbaum. De un día para el otro, pasó de beber champagne en el vip de Nocturno a la necesidad de armar un rancho para sobrevivir en el penal Villa Urquiza. Pasó de entrenar relajado en su spa a correr entre los muros, pasó de luquiarse con gafas, gorras y camisas costosas a las ropas gastadas que usan en prisión.

El día que llegó a la cárcel, Carolina, su hermana y abogada, le dijo que le entregara las zapatillas, que ella se las llevaría. Epelbaum le dijo que no, que las iba a defender. También el primer día en prisión, le ofrecieron ubicarlo junto a los demás policías y militares encerrados. Un amigo había intercedido por ese pedido. Epelbaum volvió a decir que no, que lo lleven junto a los demás, que quería ser un preso común, que no quería estar con esos milicos asesinos.

“Si te toca esa, es esa”, indica Gerardo y susurra una canción de Charly García: “Yo no voy / a correr / yo no voy correr, ni escapar / de mi destino”. Luego narra. Habla mucho, de corrido, fluido, una idea apura a la otra:

-Si estaba en la cárcel iba a vivir en la cárcel. Me atraía un poco la idea esa de saber cómo es ahí adentro. Y por otro lado pensaba en qué poco romántico es morirse a los 70, con los dientes caídos. Ya estaba ahí y me tocaba vivir eso. El primer día descubro que más que una cárcel parecía una villa miseria o un cotolengo. Había colchas colgadas por todos lados, heridos, muchos enfermos. Y justo la noche anterior había habido una pelea entre dos bandas y el líder de una, Bartolo, había sido encontrado en el baño con 75 puñaladas en el pecho.

-¿Y qué hiciste?
-Me adapté. Yo era un boludito que tenía un boliche y que escuchaba música electrónica. Abrí el paraguas, empecé a conocer gente, la dinámica de adentro y al poco tiempo ya tenía mi rancho. Ya cantaba Gary y bailaba cumbia del recuerdo santiagueña. Era muy sociable. Me pasaba entre las celdas conversando. Los hacía flashar. Me paraba al costado y les decía: “Buenas noches pasajeros. Bienvenidos al jet Boing 737 de Aerolíneas Argentinas. El capitán Marcelo Hernández les da la bienvenida…” y ellos viajaban a cualquier lado. También los ayudé a escribir a sus madres o cartas de amor. Yo era una especie de escribano. Una vez hicimos un ejercicio. La propuesta era que escribiéramos los recuerdos lindos. Pero nada. Sólo escribían de padres golpeadores, de hermanas violadas o amigos asesinados.

-Vos escribiste que te encontraste con la muerte en Villa Urquiza.
-Ese año lo querían sacar a Ernesto Salas, un tipo muy bien, muy preocupado por los internos. Le hicieron una cama. En el tiempo que yo estuve hubo 14 muertes. Uno se ahorcó porque la policía no le llevó el medicamento para el HIV. Vi como le clavaron un Tramontina en el pecho a un pendejo, como ahorcaron a otro, como aparecía muerto otro.

-¿Qué hay después de la muerte en Villa Urquiza?
-Hay un quilombo. Todos empiezan a quemar frazadas, a tirar jarras, a romper colchones. La muerte une a los presos. Yo creo que la reacción es contra el sistema carcelario. Se dan cuenta que al autor intelectual del asesinato es el hacinamiento, las condiciones de vida de ahí adentro.

-¿Cómo te defendiste?
-Siempre me había considerado un tipo débil. No estaba preparado para estar en una cárcel con mugre, encerrado con 1.500 personas, todos amontonados. Sólo había usado un cuchillo para cortar el asado y había practicado boxeo por deporte. Pero aprendí que hay muchas formas que uno puede ser fuerte. Una es con la faca. La otra es con los puños. Pero comprobé que la cabeza y el corazón son mucho más poderosos. Descubrí mi fortaleza ahí dentro, pero nadie tiene que ir a la cárcel para descubrir algo. Es más: hay que derrumbar las cárceles y enseñarles a los presos lo que es el amor, lo que es estar bien, lo que es tener una familia.

Epelbaum dice también que la transcripción de las escuchas telefónicas e ilegales estaban cargadas de homofobia. Que durante el juicio el fiscal sabía tan poco de drogas que lo acusó de haber consumido cocaína, merca y blanca, como si fueran sustancias diferentes. Que encontraron té verde en su casa y pensaron que era marihuana. También Epelbaum dice que le gustaba consumir, que no vendía drogas y que hubo muchos poderosos que se quedaron con bronca cuando él, judío y gay, recibió un piso del Grand Hotel para poner su segundo spa. Pero todo es pasado. Ya está libre y absuelto.

Epelbaum camina por el estudio. Mira un globo terráqueo y sin ostentar marca con el dedo índice algunos de los lugares por donde anduvo. Esta vez la fotógrafa es Magui. Le pide que salgan afuera, que se siente en un rincón. Después le indica que se saque la remera para lograr un ambiente más tumbero.

Epelbaum dice que no. Hacen unas tomas donde se lo ve detrás de unas sombras y se pone de pie. Su novio bromea: se acerca para darle un beso mientras le pregunta a los fotógrafos: “¿Quieren vender?”.

Epelbaum le dice: “Estás loco, vos” y sonríe y corre la cara.

Epelbaum continúa peleando por los derechos de las minorías sexuales. Fundó en Tucumán La Cámpora Diversia, la rama de la agrupación kirchnerista que se ocupa principalmente de la temática. Hace poco fue a Delfín Gallo. Dio una clase sobre la historia de los derechos de la sexualidad. “Hay gente que cree que porque son chicas trans tienen que ser prostitutas. Pero por favor…Si las vieran, pobrecitas, hay algunas que ni dientes tienen”.

Luego Epelbaum se pone de pie. Me da la impresión que cualquier persona de la Tierra, desde una señora paqueta que engaña a su marido con el profesor de tenis hasta un preso que muere de sida, podría conversar horas con él. Y sería una charla interesante.

Creo que Epelbaum tiene mundo y que se le anima al mundo. Pienso en preguntarle si él opina lo mismo. Pienso en preguntarle qué opina de su vida.

Y le pregunto por qué cree que le pasó todo esto.

Antes de responder, Epelbaum recuerda el comienzo de la película ¿Quién quiere ser millonario? Me dice que hay una escena donde preguntan por qué cree uno que el protagonista está a un paso de ganar el juego. Hay cuatro opciones de respuesta: Porque es un genio, porque hizo trampa, porque tiene suerte. Y cuando está por decir la cuarta posibilidad hace una pausa. Me mira, deja de contar la anécdota y cambia el tono de voz:

-Porque está escrito, contesta.

 

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