Bitácora Zeta

En defensa del piropo

Esta escena sucedió una tarde en una calle soleada de la Habana vieja. Por la vereda del frente se paseaba una mulata monumental, una de esas hermosas criaturas talladas en ébano que sólo se encuentran en el caribe. Era un poema de mujer; un derroche de gracia y sensualidad. Puro exceso por donde se la viera. Yo, maravillado, me conformé con verla pasar, pero hubo, en mi misma vereda, alguien lo suficientemente valiente como para hacer justicia. El vozarrón del morocho fue tan contundente que a las palabras no les costó ningún trabajo cruzar la calle y hacerse eco en toda la cuadra. Sin embargo, creo que no fue el énfasis con que lo dijo, sino la cadencia rítmica de su voz la que generó el encanto: “Oye mami, pero es qué se dejaron abiertas las puertas del cielo que se han comenzado a escapar los ángeles”. Como respuesta, en la vereda del frente, la mulata apretó las nalgas y bamboleó aún más las caderas en un movimiento que resultó tan hipnótico como lírico. No apuró el paso, ni miró con desdén, sólo respondió al halago con toda la elegancia de su cuerpo. Créanme que no exagero al decir que ese momento fue tan sublime como un cuadro de Picasso, un poema de García Lorca, una canción de Sabina o una gambeta de Maradona.

Me pregunto si acaso es posible condenar semejante arrebato poético como una amenaza contraria a las buenas costumbres. O se trata más bien de una actitud loable, digna de ser imitada y reproducida en las esquinas más concurridas del centro de la ciudad, o en las calles de los barrios por donde las señoras van a hacer los mandados. Pensemos incluso en las ventajas de crear un edicto municipal que asegure la presencia de piropeadores profesionales en esas esquinas: ¿No repercutiría acaso eso positivamente en la autoestima de nuestras bellas mujeres como una poderosa inyección anímica? ¿No sería esto acaso una caricia al ego, un mimo inofensivo, un merecido homenaje a la belleza? Pues bien, en los últimos días he presenciado con bastante asombro el surgimiento de un grupo de mujeres, femeninas y feministas todas ellas, que piden a viva voz la abolición del piropo. Estas chicas pretenden crear una legislación que condene al piropo por ser una forma de acoso callejero. Dios nos libre y guarde.

Me parece que el fundamentalismo de las feministas en contra el piropo está fundado en un error conceptual. Lo que ellas hacen es confundir al piropo – al cual podríamos definir como una breve creación poética popular callejera, cuyo fin último es el halago de un otro, generalmente femenino – con la simple chabacanería de la guarangada, sea esta rimada o no. Lo que hacen es mezclar la paja con el trigo al equivocar la sutileza lírica del piropo con la bajeza torpe de la vulgaridad. Al meter a todos en una misma bolsa, pagan de forma arbitraria justos por pecadores, poetas por rufianes, galanes por atrevidos y caballeros por villanos. Sepan que no es justo privar a todos los hombres de este recurso sólo por el mal uso que hacen del mismo algunos desvergonzados. Si bien es necesario hacer una mea culpa y reconocer algunos excesos propios de todo arrebato poético de este tipo, hay que dejar en claro que el piropo hecho y derecho no persigue nunca fines ofensivos. En todo caso, para que la legislación que reclaman tan efusivamente las feministas sea clara, justa y se ajuste a derecho, habría que crear árbitros del lenguaje con poder de policía para que sean ellos quienes juzguen si un piropo es correcto o no y si su ejecutor merece multa o arresto por su atrevimiento. Medida esta por demás polémica, ya que es por todos sabido que si hay algo en este mundo que no podemos encorsetar legalmente, eso es el lenguaje.

Creo que si el feminismo pretende ser un movimiento combativo, revolucionario y liberador, lo mejor que puede hacer, en este caso, es llevar su lucha al mismo terreno donde lo pelea el otro género; al ámbito de las palabras. Y digo esto sin ningún afán de belicosidad, pero sería muy bueno para todos que libren una batalla de igual a igual y que las calles se llenen de mujeres dispuestas a piropear a los hombres. Entonces, en lugar de pedir una legislación que las ampare de nuestro lirismo, compartirían una pelea cuyas únicas armas serían las palabras, palabras bellas, claro está. Como cuando de niños se juega al carnaval: ¿quién dijo que a las chicas sólo les toca el rol ingrato de escapar de los bombuchazos? Pueden ellas también cargar sus propias bombuchas y perseguir a los chicos. Claro que sería más fácil prohibir las bombuchas y listo, que no se moje nadie. Pero eso sería el equivalente a matar el carnaval. Al igual que abolir el piropo es quitarle las palabras de la boca a aquel muchacho de la Habana y el gesto sensual a aquella mulata. Les pido un poco de cordura y racionalidad. No cometan un acto del que vayan a arrepentirse luego. No prohíban el piropo. Si quieren una guerra, que esta sea una guerra poética, pero háganse el favor de no privarse de la belleza de las palabras.

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