Elegidos, la eterna cortina musical de los sábados

Crónicas

Elegidos, la eterna cortina musical de los sábados

Oscar Mazza abre las puertas al universo creado por Pablo Campos hace 30 años. Sueños de fama, canciones del Tucumán profundo, bailarinas encantadoras y el público fiel que se abraza a la pantalla.

Son las doce del mediodía del primer sábado de noviembre y las luces del estudio principal de canal 8 todavía no se encendieron. Bajo estas mismas luces y ante las mismas cámaras, el asistente polifuncional conocido como el Bocha le dio el micrófono a Pablo Campos por última vez. Eso fue un sábado de agosto, hace seis años. Antes de que se apagara su voz en 2012, tomé el último café con Pablo Campos. Hacía frío y una bufanda blanca le protegía la garganta. Cuando entramos al Casapán de la esquina del canal, en San Martín y Laprida, me señaló la mesa junto al ventanal y ahí fuimos. Mientras una señora que hundía tortillas en la taza del té con leche le pedía un autógrafo, Pablo Campos me hablaba como a un nieto, marcando las eses, con el tono pausado ante el grabador encendido, mirando el grabador y recomendándome que no confiara tanto en la tecnología y que escribiera, que escribiera qué era la fama para Pablo Campos, el conductor más conocido durante los 24 años del programa más visto de Tucumán. “¿Qué es la fama?, le pregunté una vez a Palito Ortega. Me dijo que era como un buen vino, si lo tomabas despacio, todo bien; si lo tomabas rápido, te mareabas. Y yo siempre fui normal. Antes firmaba autógrafos, ahora si ando por el centro me sacan fotos con los celulares, en el campo me ofrecían pan, mate. Económicamente siempre fui muy humilde. Pero para mí la riqueza nunca estuvo en el bolsillo, está en el alma”.

Seis años después, estoy pagando el café otra vez en Casapán. Podría haberme quedado con el vecino de mi madre en Villa 9 de Julio, con Luis, Luisito, que todos los sábados destapa una cerveza helada y saca los parlantes a la calle o los deja bajo el toldo, como ahora que empieza a chispear. Llueva o truene, la previa de Luis, Luisito, es la previa que se repite en todos los barrios de Tucumán hasta que esté la comida y nos sentemos a la mesa con el televisor puesto en canal 8. Sí, podría haberme quedado con Luis, Luisito. Pero saludo a la moza, doy unos pasos hasta la puerta del canal, nos anunciamos en recepción y junto al fotógrafo Nicolás Núñez ahora estamos subiendo la escalera hasta el primer piso de canal 8, rumbo al camarín donde no hay perchero para bufandas blancas ni fotos de Pablo Campos.

Aquí, ahora, con nosotros está Oscar Mazza, cambiándose la ropa para conducir Elegidos, como lo hace desde hace seis años. Pero antes de que elija qué ponerse, de que se quite una camisa entallada azul, pegada al cuerpo, y se calce otra camisa entallada azul, pegada al cuerpo, Oscar Mazza nos contará cuánto le costó ser Oscar Mazza. “Cuando empecé quería ser como Pablo Campos. Hasta usaba saco. Un año y medio me llevó quitármelo. Había mucha gente que creía que yo era hijo de Pablo. Morochos los dos, nos hacían una cierta línea de sangre. Hasta que un sábado Pablo me presentó con mi nombre y apellido: ‘Con ustedes, Oscar Mazza, el nuevo conductor de Elegidos’. Eso fue en 2010. Y aquí estamos”, cuenta Mazza con su voz de locutor profesional, más desacartonado que su antecesor, con la sonrisa gardeliana en este mundo tropical, y el corte de moda, no tan marcado como en el fútbol, pero sí corto a los costados y el jopo fijo con spray, mucho spray, hasta que se estira para alcanzar una bolsa de la casa de ropa Ópera y saca de adentro el chupín del sábado: “Che, me pongo los pantalones. Ya seguimos”.

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Aquí es uno de los últimos sábados del año. Es el 2017 que marca los 30 años ininterrumpidos al aire de Elegidos. Que sea sábado, a esta altura de la vida, no es un detalle menor. Ha cambiado el conductor. También el estudio. El día y la pantalla, en cambio, es lo único que se ha mantenido fijo, como un televisor sin control remoto, como el que había en la familia Mazza, mientras Oscar cruzaba las piernas en el piso, sujetaba la cara con sus palmas y veía a un señor de rulos, el pelaje de la cumbia, pero rulos cortos, mochos, morochos, acordes a la silueta musical de ese hombre formal de anteojos, traje y corbata, tan sobrio como el formato, un 4×4 clásico, la cámara fija, la presentación de la canción y a veces la charla con el artista.

“Todos los sábados lo veía a Pablo, desde chico. No tenía por entonces un ojo crítico de la televisión (ruido de hebillas). Cuando fui creciendo, ya marcaba algunas cuestiones estéticas. Sentía que el programa no estaba aggiornado, que no se actualizaba, lo que no quiere decir que me viera en la tele, como ahora, conduciendo Elegidos. Hay que conducir Elegidos, es todo un tema”, recuerda Mazza, con un silencio cada vez que nombra al fundador del ciclo, mientras espera a la maquilladora que no llega, y que parece que no va a llegar, sin lugar al drama. Son detalles que parecen no importarle al conductor que marca la gran transición del ciclo, un hombre bien de radio hasta que se metió a la tele como locutor comercial, y como voz en off desperezaba a los periodistas del noticiero A las Siete y empezaba a presentar canciones con la sección musical del programa: el chingui chingui.

Falta media hora para que empiece el programa. Mientras Oscar sigue en el camarín y agita un poco más el spray, afuera llueve a cántaros. Mientras Luis, mi vecino de Villa 9 de Julio tiene que estar guardando los parlantes que sacó a la calle, el conductor se ajusta tanto el cinturón que le aprieta la camisa. Mientras todo esto pasa, desde otros barrios y rincones de Tucumán, los músicos empiezan a llegar al canal, estacionan las combis al frente y cruzan corriendo la calle hasta la entrada para no mojarse. El aguacero se pone serio cuando un trueno sacude el cielo y el que viene cruzando con el acordeón pega un “¡¡¡iiiiiiierda!!!” con la garganta como sapucai, salpicándose las botas, dando el último saltito desde el pavimento hasta la vereda, y uno más. Es en esos movimientos, en esa corrida bajo el agua, que aparece el ritmo más noble y auténtico de este programa dado a llamar Elegidos. Son hombres dejando la calle para llegar a la tele, con las camisas desprendidas, bombeándoles el corazón a la altura del tercer botón, hombres prestándoles a las chicas bolsas y toallas, hombres protegiéndose las camisas floreadas del agua con los estuches de las guitarras, porque los instrumentos pueden aguantar, pero las camisas no, de la cintura para arriba no, todo tiene que estar seco y brillante. Hasta los sombreros pueden mojarse, como el de Víctor, el líder de Los K’poos de la Guaracha, que aquí viene agitado.

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Víctor se saca el sombrero para secarse, pero se lo vuelve a poner cuando le pregunto si puedo hablar con él. No hay cámaras de televisión ni móviles radiales en vivo. Pero cuando lo entrevisto a través del celular, Victor nos manda un cariñoso saludo para nuestra fiel audiencia, recupera el aire de la corrida y recibe una señora orteada del productor del programa. “Siempre viene bien una manito, te saca el estrés, los nervios”. Nuestro héroe guarachero está ansioso porque viene a presentar su segundo trabajo: Dejando Huellas. “Se llama así porque desde chicos venimos inyectados con esta música tan sana, como Doble Vida, Punto Final, los grandes temas de Koli Arce o Chiquino, las huellas que dejaron los más grandes”, dice con una cruz de oro colgándole entre las tetillas. “Me la dejó mi padre antes de morir”. Es la cruz que lo acompaña con la banda por las rutas, es el beso a la cruz cada noche, antes de meterse pueblo adentro desde que era músico de Chiquino, camino tras camino de tierra en Santiago, cuando hacía cinco bailantas hasta la mañana. La misma cruz que esta noche lo acompañará en una fiesta de bautismo en Los Ralos.

De Los Ralos, de Leales, de Estación Aráoz, de Alberdi, de todos lados llegan las bandas a Canal 8. Las bandas y los instrumentos, las bandas y las familias de las bandas, las bandas y los amigos de las familias de las bandas, todos empiezan a poblar las inmediaciones. Hay madres en la rampa para discapacitados y las novias se miran de reojo en las escaleras. El guardia engominado de la Seguridad del canal está desbordado entre los músicos que se limpian con un poco de saliva la punta de los zapatos blancos, que afinan los instrumentos acoplándose al unísono, que repasan la lista de dos canciones. Porque estos quince minutos de fama duran en realidad dos canciones por intérprete, dos canciones que los músicos se conocen de memoria, pero tararean en voz alta porque no hay playback, y nada puede fallar en vivo, dos canciones mientras todos se hacen sonar los cuellos y las muñecas, todo mientras esperan que se abra la última puerta gigante de vidrio que separa la calle de la tele, la nada de la gloria, un camino que se cruzará con la última parada técnica antes de que el programa empiece: el pasillo.

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“El tucumano se siente el dueño del programa. Siente que puede venir y decir: ‘Yo quiero cantar’. Y no les podemos decir que no. Quiere venir a cantar. Bien, mal, con una banda, como solista, quiere venir a cantar”, corta el queso el conductor ya maquillado en este mundo que está por tomar cuerpo y color con las bandas en espera, cada vez más cerca, a seis metros a través del pasillo, y ahora a cinco, cuatro, tres, dos. “Yo vi todo. Yo vi a cantantes que venían bien del interior, bien del último pueblito, los vi entrar al estudio, empezar a mirar el estudio, y emocionarse. Yo lo vi. Un sábado tocaba un pibe que venía de La Cocha. Cuando termina de cantar, tengo la temática de agradecerle personalmente, y que ellos puedan saludar y agradecerle a la mamá, al papá, porque es importante para ellos. Cuando le pregunté: ‘¿De dónde sos vos?’, no pudo hablar de la emoción. Yo me imaginaba que su cabeza era una serie de escenas de su infancia, la mamá bailando, el almuerzo del sábado al mediodía, eso es Elegidos, es sentir que llegaron”.

El reflector principal del piso de Elegidos no enciende. Faltan cinco minutos para que empiece el programa. Suficientes para que en este momento se abra un paréntesis en el piso de Elegidos y entre en escena el Bocha, con un palo en la mano. “Se me quedó dormido el gallo”, dice apurado, mientras prueba las luces. “Están quemadas”, grita. “Y ya no hay tiempo de cambiarlas”, avisa. Cuando faltan menos minutos para el comienzo, sin soltar el palo, el Bocha, el hombre que está en Elegidos hace 30 años, y que cuando suelta el palo acomoda los micrófonos, y que cuando suelta los micrófonos agarra una cámara, él, el Bocha, acomoda con el palo los reflectores que sí iluminan, apuntándolo a Oscar Mazza, que está estirando la boca, acomoda la cucaracha, chequea el micrófono y, por primera vez en este mundo repleto de los Víctor, los Koli Arce, los Chiquino, los pibes de La Cocha, y los Bocha, llama a las mujeres, las bailarinas de Elegidos: “¡Chicas, estamos en un minuto!”. Detrás de cámara, todavía maquillan a Carolina. “¡Cuarenta segundos!”, mientras peinan a Denice. “¡Quince segundos!”, cuando Joa (se pronuncia Yoa) se acomoda el vestido. “¡Listos!”, dice la voz en off. Y la respuesta a coro de Belén y sus compañeras: “¡No llegamos Oscar!”.

Suenan los acordes de una guitarra y a través del parlante que está detrás del Bocha se escucha: “Sí, sabes que ya llevo rato mirándote; tengo que bailar contigo hoy”. Mientras las bailarinas empiezan a bajar, sí, despacito, rumbo al escenario, Oscar Mazza, el conductor de Elegidos, saluda a todo Tucumán: “¡Hola, hola, hola, hola, hola! ¿Cómo les va? Buen sábado para todos. ¡¡¡Cómo vamos!!! El último sábado de noviembre, Bochita. Las chicas ya vienen, no crean que estoy solo. Están retocándose”. Y como es costumbre desde mayo que el programa cumplió los 30 años, se presenta a un compañero del canal. Un sábado es Cacho Avellaneda, otro es Sebastián Finkelstein, pero hoy “no fue nada fácil. A esta hora del mediodía, está dale y dale con la cocina. Ella le pone sabor a Tucumán. Sencillo, rico y gourmet: Melanie Cores, ¡con nosotros!”. Y entre los aplausos grabados, la chef hace gala de su simpatía con sonrisa inmaculada y modales de señora bien, chocha con su look. “No soy Gladys La Bomba, pero me puse a tono con esta camisa amarilla y aquí estoy, con muchas ganas de bailar”.

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Entre los plasmas y el decorado de División Noticias, Caro, Belén, Denice y Joa empiezan a acercarse al escenario, entran y salen, entran y salen con movimientos discretos, hasta que la primera cantante de la tarde, Sofía Salomón, deja el estudio por única vez en silencio. Tiene 18 años, es la hija del Turco Salomón, ex arquero de Atlético, juega al fútbol, y canta el himno de El Guardaespaldas, de Whitney Houston. Lo canta en inglés y Melanie Cores le muestra a Oscar Mazza cómo se le pone la piel de gallina. “Estas son las cosas que tiene el programa: yo acá veo todos los sábados a personajes que por ahí vienen a cumplir un sueño y por ahí le pegan con un tema y tienen otra proyección. ¿Sabés a quién presenté mi primer día? A Rodrigo. Hacíamos un bloque cada uno con Carlos Mercado. En las pausas, Lucho Cisterna, que era el productor en ese momento, me dice: ‘Vení, tenés que presentar a un muchacho de Córdoba’. Venía un tipo con melena, unas botas bien texanas, dos buenas compañías. ‘Io soy Rodrigo’. Bien churo el pibe, muy buena actitud. ¿Qué te ibas a imaginar adónde iba a llegar? Era el disco Lo mejor del amor. Y fue a presentarlo al programa. A eso me refiero con las cosas que tiene Elegidos. Antes no había tantas opciones. En el estudio viejo, en Siria y Delfín Gallo, entraban 1000 personas. Ahora hay un outlet… Venías a Tucumán y tenías que pasar por Elegidos”. Y como si nos acompañara desde el recuerdo, Pablo Campos también me hablaba en aquel café sobre el mítico estudio, un galpón con la famosa tribuna de chicas con vinchas en la frente, llorando sobre los hombros del novio o el padre, estirando los brazos como si pudiera alcanzar a Rodrigo, a Luis Miguel o Daniel Agostini, o agitando las banderas como el fans club de Gilda, mientras cantaba “Porque tengo el corazón valiente, voy a quererte, voy a quererte”, y daba vueltas con su pollerita vinílica y roja, y “a ver, a ver, cómo mueve la colita”. Decía Pablo Campos: “Ese estudio era un hervidero. Cuando vino Luis Miguel había colas desde las seis de la mañana, contratábamos policías y poníamos vallas”.

El camarín de Oscar Mazza, el sombrero de Víctor, el decorado de División Noticias, las tribunas del viejo estudio, la vereda de canal 8 o hasta el Casapán de la esquina son un buen escondite. Pero no hay nada que hacer cuando Carolina, Belén, Denice y Joa vienen bailando hasta la nota, las cuatro bailarinas juntas se acercan todas juntas para la nota, y acá quedamos atrapados, todos juntos entre el pasillo y los timbales de la guaracha, sólo con tiempo para confirmar sus nombres y que San Pablo Campos nos ilumine: “Te rotulan como bailarinas de cumbia, pero no nos consideramos así. Le damos color, vida al programa”, dice Belén, sin repetir y sin soplar. Acercándose cada vez más, muy cerca de mi oído, Joa agrega: “Venimos a romper el esquema. Nos comparan con las bailarinas de Pasión de Sábado, nada que ver. Nosotras priorizamos la gracia, la elegancia. No importa si es cumbia o reggaetón, podemos ser bailarinas, sin ser vulgares”. Y encima hoy volvió Denice, después de coronarse Miss Mundo Tucumán, y agita las pestañas mientras reproduce diálogos y escenas y hace voces y se ríe porque “con las chicas nos juntamos a merendar, porque cada una es profesora de baile, pero nos encanta comer, y mientras picamos empezamos: ‘Hoy traje una octava’ ‘¿Cómo es?’ ‘¿Así?’ ‘¡Dale, sí, tirala!’ Que vaya con el tiempo de la música, ¿sí? Dale, ¿vos qué cantás? ¿Pop? ¡Vamos con eso! Hay muchamuchamuchamucha improvisación, las palmas marcan el cambio de tiempo, eso sí, depende quién dirige. Y si cambia la secuencia, cambiamos todas”. Lo que no cambia es el tono de este mundo tropical, históricamente protagonizado por hombres. “Somos las únicas mujeres del canal. Son todos varones y nos cuidan. Desde el camarógrafo que sabe qué toma hacernos y qué tomas no. No mostramos la cola. La idea es venir a divertirnos, a bailar. A mí me puede el cuarteto. Después nos duelen los pies. No nos importa: somos compañeras, y muy amigas”, remata Carolina, quien dirige el cuarteto femenino, me avisa que ni me ocurra preguntarle la edad, y es la encargada de seleccionar a ¿Las Elegidas? “Nooooooooooooooo”, responden a coro. “Ni se te ocurra. Somos Bailarinas de Elegidos Staff E”. Y en estos días tuvieron más cámara porque hay casting para elegir nuevas bailarinas: “Es impresionante la cantidad de chicas que quieren estar en Elegidos”, remata con dos celulares en la mano, mientras nos sacamos una selfie que nunca subirán a Bailarinas de Elegidos Staff E, el Facebook de las chicas con más de 2.500 seguidores.

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“¿Cuál es el secreto de una buena selfie?”, le pregunta, de repente, Oscar Mazza a Julián Serrano, algo así como el youtuber más famoso de la Argentina, con más de 2 millones de seguidores, 1.500 fotos de Julián Serrano en el Instagram de Julián Serrano, y un grupo de tres asistentes personales que le dictan detrás de cámaras que se acomode el flequillo y que diga al aire que está en Tucumán porque esta noche actúa y toca con su banda con localidades agotadas en el teatro Mercedes Sosa, pero antes hará un meet&greet en el Sheraton. Ah, y que la clave para una selfie está en un libro secreto que explica cómo hay que estirar el brazo y buscar el ángulo perfecto, pero que en realidad no, que le está tomando el pelo al conductor de Elegidos: “¡Agarrás el celular y te sacás una selfie, ¡nada más!”.

“Simpático el joven”, piensa Juancito, de Juancito y su conjunto, que no quiere minimizar a Julián Serrano ni mucho menos, pero él tiene a Pablo en voces, a Rocío a mano izquierda, más cerca del pasillo, y a Brisa…

Oh Brisa, que acabas de cantar mirándote al plasma colocado por arriba de los reflectores como si necesitaras en las alturas confirmar que eres Brisa, como si te hiciera falta saber que de hecho has sobresalido durante el estribillo de Un beso y un adiós, oh Brisa, ¿acaso sabrás que se te ha caído en el escenario una cadenita plateada con una nota musical en dos corcheas bañadas en oro? “Tengo 17 años. Ya vengo con una trayectoria de cuatro años como cantante profesional. Estudié con Cecilia Paliza, hago todos los géneros. Mi sueño es llegar a Buenos Aires, por eso estoy haciendo un videoclip con mi familia y Fran Villalobo, uno de los fotógrafos más famosos de Tucumán. Voy a extrañar Tucumán cuando me vaya. Lo más hermoso para mí son los chiquitos, los abrazo a todos”, dice la nueva voz de Juancito, el hombre quien hace 41 años grabó el primer disco con Gladys: “Se llamaba Que destape la colita, temas de mi autoría. Estoy contento por Gladys, más allá de los problemas que se muestran en la tele. Brisa está pisando fuerte, tiene todo para ser la próxima Gladys”. Y se lleva a Brisa, que hasta que llegue a Buenos Aires espera volver a cantar para Garmendia, Burruyacú y Villa Nueva Esperanza. Oh Brisa, al buen muchacho de la recepción le dejaré tu nota musical.

Son casi las cuatro de la tarde y Melanie Cores ya ha bailado y ya se ha cambiado la blusa amarilla. Después del final de un nuevo programa de Elegidos voy a subirme al escenario vacío, bajo el último reflector encendido que ahora tiembla y parece a punto de apagarse. Voy a caminar con mis botas marrones sobre el escenario. Y mientras dé los últimos pasos voy a tener mis brazos cruzados por detrás de la espalda, deteniéndome en cada paso, y agachándome para ver las huellas que quedaron sobre el piso de Elegidos. Son paneles rectangulares que ceden con el peso, ploteados por espirales verdes con luces amarillas, como la pollera que aquí inmortalizó Gladys, o los timbales que acompañaron a Las Minifaldas, justo cuando pasa el Bocha que conoció a Don Carlos y pisa una porción del escenario decorado con el dibujo de un saxo dorado, como el que aquí tocó el Maestro Avelino.

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“Por aquí han pasado todos. Elegidos es una cuestión cultural, tiene un vínculo con Tucumán muy fuerte. Y no es de una generación. La abuela, la mamá, los hijos, y seguramente los nietos. Es tan tucumano Elegidos que algunas abuelas creen que soy su nieto, alguna mamá piensa que soy su hijo. Pero las abuelas son las más expresivas, se acercan, me empiezan a tocar, me dicen: ‘Usted se parece a mi hermano, a mi tío, a mi sobrino, a mi nieto’”, se pone colorado Mazza. Y así como a Pablo Campos lo llenaban de tamales en El Chañar, empanadas en Los Gutiérrez, bollos en San Antonio, o lechones para el 31 en Cruz Alta, el amor a Elegidos de las madres y las abuelas se sirve en platos calientes y fuentes envueltas por los manteles del comedor de diario para que Oscarcito me lo coma porque está muy flaquito. “En el interior de Tucumán el impacto que tiene el programa es más grande. Hace poco me tocó conducir un festival en Concepción. La gente cortaba la calle para que pueda pasar con mi auto, buscaban un lugar para que me pueda estacionar. Fue un caos de fotos y besos y empanadas hasta que llegué al escenario. Entre los abrazos, la gente me agradecía por el solo hecho de divertirlos. Es muy fuerte lo que tiene Elegidos. Cuando fuimos a la fiesta de Telefe, las grandes estrellas de la televisión no podían creer que lleváramos 30 años en el aire: ‘¿Me estás jodiendo?’. Les dije que no. Vienen Mirtha Legrand, Susana Giménez y Elegidos”, se despide Mazza, con la sonrisa blanca, y nos despedimos de él con un choque de manos y por qué no un abrazo.

Totalmente solos en este estudio donde otro hermoso programa de Elegidos ha pasado, ahora las cámaras quedan quietas. A través de la última luz que se filtra por el techo, aquí debajo del plasma se distinguen los carteles que dicen “Despedir invitados” y “Aplausos”. El silencio del piso me recuerda a Pablo Campos. En eso pienso cuando en este momento se apaga la última luz y junto al fotógrafo quedamos a oscuras. Será hasta el próximo sábado, con Oscar Mazza, las bailarinas, y gran elenco. Con cumbias, melódicos, guarachas y cuartetos. Será hasta siempre Elegidos, cuando las luces se enciendan, a la misma hora, por el mismo canal.

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